Por
fin entró el señor Tebintti en aquella elegante y proporcionada sala de
reuniones. Después de saludarnos cortésmente nos sentamos a los lados de una de
las esquinas de aquella mesa de madera de cerezo, cuyo tono rojizo se combinaba
perfectamente con el color vino tinto del cuero de las butacas. Durante unos
instantes de absoluto silencio y bajo mi atenta mirada, leyó algunos párrafos
del informe que le facilité dentro de la carpeta negra con el logo de mi
agencia.
Pasó
sin leer la mayor parte de las hojas, deteniéndose sólo en algunas de ellas
sobre las que mostró cierto interés, hasta llegar a las conclusiones que leyó
detenidamente. Al terminar cerró con gesto pensativo el dosier.Después levantó
la mirada y la dirigió hacia mí. Asintió levemente, como tratando de disimular
su sensación de agrado. Como buen suizo no podía permitirse esa demostración y
se contentó con dejar que su espalda descansara en el respaldo de la butaca,
pero sin apartar la vista de mí, como si estuviera buscando algún gesto de duda
por mi parte.
—Cuénteme
señor Baldwin, ¿Cómo le fue por Madrid?
Por
el ademán de acomodarse en su asiento comprendí que quería conocer los detalles
de mi gestión y de cómo había llegado a esa conclusión tan satisfactoria para
él. Evidentemente el cheque de casi tres millones de euros que esperaba de él
le daba ese derecho, de modo que abrí la botellita de agua mineral, eché un
trago corto y empecé a contarle.
Mi
relato comenzó refiriéndome al trabajo de mi equipo, y a algunas averiguaciones
que nos pusieron sobre la pista de Madrid. Revelé algunos detalles de los casi
10 días que pasé allí, sin embargo omití muchos otros porque, en realidad, lo
pasé muy bien en esa ciudad. Me pareció que era mejor ahorrarme el rubor que
hubiera supuesto contarle mis ratos de disfrute para después recibir esa suma
de dinero, que se me antojaba escandalosa.
Pero
no me resistí a detallar momentos como, por ejemplo, lo que hice para burlar a
aquellos tipos encargados de que yo no pudiera conocer la ubicación del sitio
donde se produjo el encuentro. Así, para evitarlo, entre otras cosas me
registraron concienzudamente y me obligaron a dejar mi móvil en el coche que me
recogió en el aeropuerto. Después, ya en un aparcamiento del centro, al subir
al otro coche me vendaron los ojos y me tuvieron casi una hora circulando. Pero
no fueron capaces de encontrar el diminuto emisor que llevaba escondido en la
funda de la muela postiza que suelo usar en estos casos.
Cuando
terminé mi relato dudó unos instantes, frunció el ceño siempre muy
discretamente y comentó
—Ajá,
muy bien, buen trabajo, pero ¿Cómo tiene la absoluta seguridad de que es él?
Esperaba
esa pregunta y tenía muy preparada la respuesta, de modo que, repleto de
seguridad y con cierta jactancia dije.
—Todo
está en el informe—
Y
añadí
—Cuando
nos dimos la mano, cuidé de que las yemas de algunos dedos de su mano derecha
se posaran sobre una finísima película de celofán que llevaba disimulada en la
palma de mi mano. Después comparamos esas huellas con las del archivo y
coincidieron
Levantó
las cejas en un gesto de aceptación plena de la evidencia, y me alargó el
cheque. No pude evitar mirar la cifra aun a sabiendas de que era poco elegante.
Poco
después me relajaba con un plácido paseo por las orillas del lago Leman.
Recuerdo que entré en el jardín inglés y me puse a observar su famoso reloj de
flores. Sentí la serenidad de aquel lugar, y pensé que los casi tres millones
de euros serían pura calderilla comparados con los que la compañía de seguros
que dirigía el señor Tebintti iba a recuperar con el informe que le acababa de
dar.
Nunca
olvidaré el momento en que me quitaron la venda y me encontré frente a ese
anciano de ojos vivos que conservaban, a sus 80 años, esa mirada curiosa y
descarada tras esas gafas redondas que tanto le caracterizaron.
Y
todavía hoy, en mi oficina de Manhattan, a veces me pregunto ¿Por qué?, ¿Fue
voluntario o le forzaron a simular su muerte?, y si fuera así, ¿Quién pudo
idearlo y mantenerle oculto todos estos años?
Pero,
en realidad, mi trabajo terminó cuando demostré que hoy en 2019, John Lennon
sigue vivo y reside en Madrid.
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