sábado, 9 de mayo de 2020

Post-Covid19: Control del ciudadano


Una vez superadas las puntas de crecimiento de contagios, fallecidos, ingresos en UCI, etc..., Las autoridades nos plantean la disyuntiva entre salud e intimidad de la ciudadanía. Una verdadera trampa: una disyuntiva que, a mi juicio nunca debe plantearse al ciudadano, ya que ambos conceptos no deben ser excluyentes. Las autoridades deben tender a hacer compatibles salud con intimidad.
Cualesquiera que sean las medidas de control masivo de los ciudadanos que se usen, dejan una gran secuela: Las bases de datos masivos. Ya sea mediante el uso de datos móviles, mediante los análisis permanentes de los resultados de los test masivos o cualquier otro sistema de los que se barajan, aunque sean con carácter temporal, al final habrán producido una ingente cantidad de información privada de cada no de nosotros.  
Por supuesto, antes de la supuesta implantación de algunos de estos sistemas de control, los ciudadanos partimos de una situación negativa: Los datos privados ya existentes. No olvidemos que, antes del estallido de la pandemia, ya hubo actuaciones (Presuntamente anónimas) que monitorizaban los movimientos de muchos ciudadanos con el fin de estudiar los movimientos de la población, usando los GPS de los teléfonos móviles. A estas iniciativas hay que añadir la gigantesca masa de información (de la que muchas empresas privadas ya disponen) sobre muchos detalles personales sobre sus clientes y no clientes.
Pero el hecho diferencial sobre este asunto. Que se produce como consecuencia del Covid19, es el acceso a los datos relativos a nuestra salud. Este tipo de datos, tan sensibles, tienen un tratamiento de especial cuidado ante la Agencia de Protección de Datos española (Y algo similar sucede internacionalmente). Y son, precisamente estos datos los que se pretende usar para la lucha contra este virus y otros posibles virus futuros.   
Otro aspecto no menos relevante es la duración de las medidas excepcionales aplicables para controlar esta pandemia. Parece  muy evidente que los gobiernos están mas cómodos cuanto mas control tengan sobre los ciudadanos, y por tanto pretenderán alargar estos controles lo mas posible, en aras de evitar una reinfección.   
Finalmente, sería necesario promover la confianza en la ciencia. Pero ¿Cómo confiar en la ciencia si los mismos científicos admiten lo poco que se sabe de este virus? ¿Cómo confiar en los datos si algo tan sencillo como contabilizar ingresos en hospitales, fallecimientos, altas, etc. se convierte en algo muy difícil de homogeneizar entre las diferentes administraciones internacionales, nacionales, autonómicas y locales? ¿Cómo confiar en las conclusiones de los científicos si constantemente se contradicen entre ellos? Sin embargo, es esperanzador que, a pesar de todas estas dudas, se han cierran mezquitas, sinagogas o iglesias porque “la ciencia lo aconseja”, es decir por encima de las creencias religiosas, empieza a prevalecer la ciencia. Esto es algo que creo no se ha dado jamás, al menos con esta unanimidad.
Hace pocos años, me asombré cuando me explicaron que todas las gasolineras del país grababan imágenes de todos los vehículos que repostaban diariamente. Después conocimos que existe un software capaz de grabar simultáneamente todas las conversaciones telefónicas del país. Últimamente he sabido que existe la capacidad de identificar a las personas por nuestro tono de voz. También se puede saber, no solo por donde hemos ido, sino junto a quién hemos estado. ¿Cuánto se tardará en implantarnos algo bajo la piel?
Respecto a los derechos de los ciudadanos, decir que el 23 de marzo de 1976 de modificó la resolución 2200 A (XXI), de 16 de diciembre de 1966 de la ONU, en el sentido de consentir la limitación de ciertos derechos, ante emergencias que amenazan la vida de una nación y la necesidad de proteger la salud pública. Esto permite que los estados, siempre en momentos excepcionales, puedan restringir nuestras libertades de movimiento, expresión y asociación.
La aparición del VIH (SIDA) y después el ébola, han sido motivo de tensiones entre la protección de la salud pública y otros derechos fundamentales, incluyendo la privacidad personal. Y ya fuera del contexto de la salud pública, pero dentro de las amenazas contra la vida, también las ha habido por causa del terrorismo.
A nivel europeo, existe la llamada Convención Europea de Derechos Humanos (CEDH) y el Reglamento General de la Protección de Datos, un reconocimiento de derechos mucho más exigente que el de la ONU. Pero también contempla un supuesto de derogaciones, en el Artículo 15 de la mencionada CEDH: “siempre y cuando sean temporales, proporcionadas y estrictamente demandadas por la situación”.
Este párrafo, que imagino es fruto de una de esas reuniones interminables entre los responsables europeos de turno, es tremendamente impreciso y dado a la interpretación del gobierno nacional correspondiente. ¿Qué significa “necesario y proporcionado” exactamente, ante una crisis del tamaño de covid19? Desgraciadamente, la disyuntiva entre la protección de las libertades y las medidas de lucha contra una pandemia presente o futura, está servida.
Países como China, Corea del Sur o Israel han implantado medidas como: el seguimiento mediante datos móviles, el mapeo público de individuos (infectados o con anticuerpos) y otras técnicas de vigilancia masiva. Amén de confinamientos, cuarentenas y de distanciamiento social. Mientras, en Europa parece irse por ese camino: se propugnan cooperaciones entre gobiernos y operadores móviles para desarrollar aplicaciones, que resulten lo menos invasivas de la intimidad posible, pero que aumenten enormemente el grado de control sobre el “euro-ciudadano”. Pero su implantación, sea de la profundidad que sea, parece inevitable.
¿Inevitable? Veremos...Y si lo fuera, al menos controlemos constitucionalmente a los que nos controlan, ¿No?