Se preguntó: “¿Desde cuándo me fijé en
Cleopatra?” Dedujo que desde hacía algo más de cuatro meses. Cuatro meses en
los que estuvo haciendo todo tipo de cábalas sobre ella, ninguna segura,
excepto que para él, era una reina, una faraona. Por eso la llamó Cleopatra.
Cleopatra llegó a convertirse en su
primera alegría cotidiana. Alegría que culminaba cuando tomaba el tren y ella
aparecía allí, en el mismo asiento de siempre. Alegría que llegaba a su cenit
cuando encontraba un sitio libre cerca de ella, donde pudiera verla.
Ante sus ojos brillaba toda ella. Su
pelo, sus ojos, incluso su perfume en esos días en que era lo suficientemente
afortunado como para poder colocarse, en el vagón, cerca de ella y poder
olerlo. Llegó a conocer sus juegos de pendientes, su bisutería, sus bolsos, sus
zapatos y el resto de su ropa. Incluso fantaseó con hablarle en la realidad,
porque ya le hablaba en su imaginación.
Se acercaba la primavera y tenía grandes
planes para esa estación tan romántica. Sí, se estaba mentalizando para
abordarla una de esas mañanas recién amanecidas, en aquel vagón de cercanías.
Contaba con que ella también se hubiera fijado en él. Ya se habían cruzado sus
miradas varias veces. No se sentía especialmente atractivo. Era joven, aseado y
no era gordo ni calvo, además confiaba en que le ayudara la misma primavera
alterando la sangre.
Pero un día, ya con la mentalización
avanzada y con la tensión que empezaba a atenazarle, le abandonó su buena
estrella. Aunque todavía no había concretado cómo, estaba decidido a emprender
ese acercamiento a la que consideraba su reina. Sin embargo, cuando subió al
tren y vio aquella escena, se le revolvió el estómago, tuvo que aferrarse a la
barra de acero para no caerse, y le costó muchísimo dominarse y reprimir las
lágrimas que humedecieron sus ojos.
Cleopatra, su reina, estaba junto a otro
hombre en actitud cariñosa, muy cariñosa. Hablaban bajo y no pudo escuchar sus
palabras, entre otras cosas porque no se quiso acercar mucho y sólo les miraba
de reojo. Ella, risueña, parecía feliz y no hacía caso de nada a su alrededor
que no fuera el rostro y las palabras de su nuevo acompañante.
Aunque su cabeza le decía que eso era
normal, que ella ni siquiera se había fijado en él en todo este tiempo y
que seguramente, las contadas veces en que
sus miradas se habían cruzado, ella no veía en él mas que un pasajero como los
demás, su corazón le decía lo contrario y se sentía traicionado.
Se maldijo a si mismo por haberse
engañado al no contemplar la posibilidad de que el corazón de su reina ya fuera
de otro y empezó a dejar de considerarla como tal.
Pero el momento en que dejó de ser
definitivamente reina para él, fue cuando ese hombre y ella, sin el menor
pudor, se besaron ante todos los demás pasajeros y ante él mismo. No pudo
resistirlo y se movió al fondo del vagón. Pero esa huida no fue suficiente. Se
dio cuenta de que ya no podría soportar verla por las mañanas antes de ir al
trabajo, que había perdido esa ilusión. Ni siquiera soportaba la idea de estar
en el mismo tren y se bajó tres paradas antes de llegar a Madrid.
En la cantina de la estación, tomó un
café con la esperanza de que se aflojara el nudo del estómago. Pasaron tres o
cuatro trenes mientras deseó fervientemente no volver a verla nunca más. Ni a
ella, ni a ese otro tío con el que creía que había pasado la noche. Es más, ni
a todos aquellos viajeros con los que compartía esos viajes matutinos antes de
ir a trabajar. Lo deseó fervientemente, con toda su fuerza mental. Solo así
podría superar lo que le parecía un tremendo ultraje, y afrontar el resto de su
vida con nuevas ilusiones.
Entonces la megafonía de la estación
lanzó el mensaje de que se había cortado la línea, que había habido unos
atentados. No podía creerlo, le parecía que lo estaba soñando. En la televisión
de la cantina no paraban de dar noticias y algunas imágenes de aquel once de
marzo de 2004.
No volvió a ver a aquella mujer, ni a
aquel hombre, ni a tantos de aquellos que tomaban con él el tren desde Alcalá
de Henares y que él siempre abordaba en San Fernando.
Moraleja: “Ten cuidado con lo que deseas,
porque te puede ser concedido”.
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