viernes, 27 de marzo de 2020

Cuidado con lo que deseas (Ficcion)


Se preguntó: “¿Desde cuándo me fijé en Cleopatra?” Dedujo que desde hacía algo más de cuatro meses. Cuatro meses en los que estuvo haciendo todo tipo de cábalas sobre ella, ninguna segura, excepto que para él, era una reina, una faraona. Por eso la llamó Cleopatra.
Cleopatra llegó a convertirse en su primera alegría cotidiana. Alegría que culminaba cuando tomaba el tren y ella aparecía allí, en el mismo asiento de siempre. Alegría que llegaba a su cenit cuando encontraba un sitio libre cerca de ella, donde pudiera verla.
Ante sus ojos brillaba toda ella. Su pelo, sus ojos, incluso su perfume en esos días en que era lo suficientemente afortunado como para poder colocarse, en el vagón, cerca de ella y poder olerlo. Llegó a conocer sus juegos de pendientes, su bisutería, sus bolsos, sus zapatos y el resto de su ropa. Incluso fantaseó con hablarle en la realidad, porque ya le hablaba en su imaginación.
Se acercaba la primavera y tenía grandes planes para esa estación tan romántica. Sí, se estaba mentalizando para abordarla una de esas mañanas recién amanecidas, en aquel vagón de cercanías. Contaba con que ella también se hubiera fijado en él. Ya se habían cruzado sus miradas varias veces. No se sentía especialmente atractivo. Era joven, aseado y no era gordo ni calvo, además confiaba en que le ayudara la misma primavera alterando la sangre.  
Pero un día, ya con la mentalización avanzada y con la tensión que empezaba a atenazarle, le abandonó su buena estrella. Aunque todavía no había concretado cómo, estaba decidido a emprender ese acercamiento a la que consideraba su reina. Sin embargo, cuando subió al tren y vio aquella escena, se le revolvió el estómago, tuvo que aferrarse a la barra de acero para no caerse, y le costó muchísimo dominarse y reprimir las lágrimas que humedecieron sus ojos.  
Cleopatra, su reina, estaba junto a otro hombre en actitud cariñosa, muy cariñosa. Hablaban bajo y no pudo escuchar sus palabras, entre otras cosas porque no se quiso acercar mucho y sólo les miraba de reojo. Ella, risueña, parecía feliz y no hacía caso de nada a su alrededor que no fuera el rostro y las palabras de su nuevo acompañante.
Aunque su cabeza le decía que eso era normal, que ella ni siquiera se había fijado en él en todo este tiempo y que  seguramente, las contadas veces en que sus miradas se habían cruzado, ella no veía en él mas que un pasajero como los demás, su corazón le decía lo contrario y se sentía traicionado.
Se maldijo a si mismo por haberse engañado al no contemplar la posibilidad de que el corazón de su reina ya fuera de otro y empezó a dejar de considerarla como tal.
Pero el momento en que dejó de ser definitivamente reina para él, fue cuando ese hombre y ella, sin el menor pudor, se besaron ante todos los demás pasajeros y ante él mismo. No pudo resistirlo y se movió al fondo del vagón. Pero esa huida no fue suficiente. Se dio cuenta de que ya no podría soportar verla por las mañanas antes de ir al trabajo, que había perdido esa ilusión. Ni siquiera soportaba la idea de estar en el mismo tren y se bajó tres paradas antes de llegar a Madrid.
En la cantina de la estación, tomó un café con la esperanza de que se aflojara el nudo del estómago. Pasaron tres o cuatro trenes mientras deseó fervientemente no volver a verla nunca más. Ni a ella, ni a ese otro tío con el que creía que había pasado la noche. Es más, ni a todos aquellos viajeros con los que compartía esos viajes matutinos antes de ir a trabajar. Lo deseó fervientemente, con toda su fuerza mental. Solo así podría superar lo que le parecía un tremendo ultraje, y afrontar el resto de su vida con nuevas ilusiones.
Entonces la megafonía de la estación lanzó el mensaje de que se había cortado la línea, que había habido unos atentados. No podía creerlo, le parecía que lo estaba soñando. En la televisión de la cantina no paraban de dar noticias y algunas imágenes de aquel once de marzo de 2004.
No volvió a ver a aquella mujer, ni a aquel hombre, ni a tantos de aquellos que tomaban con él el tren desde Alcalá de Henares y que él siempre abordaba en San Fernando.
Moraleja: “Ten cuidado con lo que deseas, porque te puede ser concedido”. 

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