El pasado mes de septiembre de
este 2018, Rusia ejecutó las mayores maniobras militares de su historia. En
ellas participaron 300.000 soldados, un millar de aviones y 36.000 blindados.
(Todo el ejército español cuenta con 120.000 soldados, y unos 2500 blindados).
Me sorprendió la noticia de que en esas maniobras participaran 3.000 efectivos,
30 aviones y 900 tanques del ejército popular chino.
Justo en esas fechas,
casualmente yo estaba en Moscú y tuve ocasión de hablar con un periodista ruso
sobre eso, y me dio una respuesta que me dejó helado. Vino a decirme que “Si
Europa no ofrece ninguna alianza a Rusia, Rusia tiene que buscar alianzas en
otras partes”. Y yo pensé que, efectivamente Europa no solo no le ofrece
ninguna alianza a Rusia, sino que participamos en las sanciones comerciales que
impone Trump. También se me antoja que si Europa fuera algo más generosa con
Rusia, ambos recibirían grandes beneficios mutuos.
Pero también podría yo decir “Si
Estados Unidos ya no quiere defender a Europa, tendremos que gestionar nuestra
defensa con nuevas alianzas”, ¿no?
Pero ¿por qué desde Europa vemos
a Rusia como una amenaza? Hay muchos motivos. El otro día, conversando con mi
buen amigo Julián, me dijo que estaba leyendo mucho sobre la influencia de la
Iglesia Ortodoxa en la no integración de Rusia en lo que llamamos “occidente”.
Y precisamente, desde del Cisma de Occidente a finales del siglo XIV, las
iglesias se han venido preocupando mucho de mantener claras sus diferencias y
territorios para no perder sus respectivos “rebaños”.
He comprobado que los rusos son
muy religiosos, al menos en apariencia. Por algo la religión ortodoxa ha
sobrevivido a 7 décadas de ser considerada como “el opio del pueblo”. Y Putin
ha tenido mucho cuidado de no tener, ni al ejército ni a la Iglesia Ortodoxa
enfrente. A esta última le ha dado los beneficios del tabaco y del alcohol.
Otra característica que he
notado en los rusos es la aceptación de que son un pueblo que necesita “mano
dura”. Me comentaron que, después de Gorbachov, Yeltsin procuró una sociedad de
libertades que desembocó en un clima de inseguridad callejera, de
enfrentamientos entre mafias, de grandes especuladores. Esto propició la
aparición de estraperlos (mercado negro), cuyos protagonistas se aprovecharon
de la falta de aprovisionamiento de los mercados. Un amigo ruso me comentó que
en aquellos tiempos, cuando alguien tenía algún articulo (por ejemplo unos
pantalones vaqueros o unas gafas de sol), no le preguntaban dónde lo había
comprado sino dónde lo había conseguido.
La tercera sensación que me
dieron los rusos es que han recuperado el orgullo de ser rusos. Ya no se
lamentan por haber sido vencidos en la guerra fría, ni por haberles sido arrancados
algunos países de su órbita o haber ido cediendo a las bravatas de la OTAN.
Ahora hablan más de la recuperación de Crimea, o de su renovada industria
aeroespacial.
Son el segundo mayor productor
mundial de petróleo y gas, tienen armas nucleares e incluso han recuperado una
envidiable tasa de natalidad.
Veamos
algunas de esas odiosas comparaciones:
El cuadro habla por sí mismo:
Su población, algo más de 3,5
veces mayor que la de España, solo alcanza a producir algo menos que 1,2 veces
nuestro Producto interior bruto. Por cada habitante España gasta en educación
algo más del doble que Rusia. En cuanto a la salud, España gasta casi 7 veces más
por habitante. Pero en defensa la cosa se invierte, y Rusia gasta algo más por
habitante, que al ser tantos millones de habitantes, da una considerable suma de
gasto en defensa, alrededor de 60.000 millones de € (España unos 14.500).
Rusia todavía necesita recorrer
mucho camino hacia un posible estado del bienestar, para que sus ciudadanos se
puedan comparar a los de la UE, y no sólo en cifras como las expuestas aquí.
Por ejemplo, las cifras dicen
que tienen una tasa de paro algo inferior al 5% (en España cerca del 15%), sin
embargo el subempleo es enorme.
Los restos de la cultura
bolchevique son los que les están permitiendo sobrevivir de momento. Me refiero
a lo que podríamos llamar “reparto del trabajo existente”. En los lugares públicos,
cuando entras, lo primero que ves es una cantidad enorme de empleados. En el
Metro, en los museos y otros lugares públicos, y por supuesto hay profusión de
fuerzas de seguridad uniformadas y se adivinan también los no uniformados. (En
nuestro hotel había un control de seguridad y un arco de seguridad para poder
entrar).
Pero preguntando, algunos rusos
se sinceraron (lo que no es nada fácil), y me contaron que hay muchos jubilados
que trabajan en estos subempleos por horas y por salarios muy reducidos, con el
objeto de complementar sus exiguas pensiones.
La persona que nos sirvió de guía
en San Petersburgo nos confesó que sus padres, ambos médicos, ambos trabajando
toda su vida como tales, tienen unas pensiones que les impedirían subsistir, de
modo que tienen que seguir trabajando para ello. Su padre tiene más de 70 años.
Esto explica su tasa de paro inferior al 5%.
Otro gran desequilibrio de la
sociedad rusa es la tremenda desigualdad social. Parece que el salario medio
oficial son casi 700 € mensuales, aunque en lugares como San Petersburgo o
Moscú, esa cifra sube hasta cerca de los 1000€. Pero esas cifras son una simple
media aritmética. Sin embargo, si contempláramos la llamada “desviación típica”
(una medida estadística que sirve principalmente para conocer la desviación que
presentan los datos, en este caso los sueldos, en su distribución respecto a la
media aritmética), veríamos que hay muchos rusos cuyos ingresos mensuales están
muy por encima, incluso de los 10.000 o 15.000 euros, y que hay mucha más gente
que ingresa, a duras penas los 300 o 400.
En ningún sitio he visto tanta
ostentación como la que vi en Moscú. El centro comercial GUM está repleto de
tiendas carísimas, incluso para un ciudadano medio europeo o norteamericano, y
las calles están repletas de coches de alta gama, Ferraris y Rolls.
Pero la sociedad rusa aguanta.
Aguanta tal y como lo lleva haciendo desde hace siglos y especialmente en las
últimas décadas, y nada parece indicar que eso vaya a cambiar, al menos
mientras Putin esté donde está. Allí tiene el estereotipo de “macho alfa”, hace
pocos días una amiga dijo de él: “¡qué hombre!”. Sí, la sociedad rusa me
pareció bastante machista. Aunque es un machismo raro. Por ejemplo no soportan
la homosexualidad, ni el feminismo radical, castigan duramente a las mujeres
que se manifiestan enseñando los pechos. Esto, seguramente es una consecuencia
de la influencia de la iglesia ortodoxa.
En el ejército, hay más 35.000
mujeres, de las cuales 2.600 son oficiales y 72 ocupan cargos de mando. Pero
todavía no pueden servir en naves de la marina. Y hay una mujer viceministra de
Defensa. Esto es, por el otro extremo, consecuencia de los años de bolchevismo.
En las zonas céntricas y
lujosas, se ve a las mujeres muy elegantes y arregladas, y se dice que están
buscando encontrar un hombre de esos que conducen los Ferraris, que les
solucione la vida. (Eso, para mí es una muestra de sociedad machista).
En fin, estamos hablando de un país
que es el segundo productor mundial de Gas y Petróleo, que dentro de dos
décadas no les va a servir para mucho, y necesitará ayuda exterior para
realizar su reconversión energética como el resto del mundo. Y quien no esté
dispuesto a ayudarlos o a levantar las sanciones económicas, tiene que tener en
cuenta que Rusia empieza a volver a disponer de un ejército convencional de
poder creciente, con armas nucleares renovadas.
Es un país que necesita, urgentemente,
una reconversión de su estructura industrial, económica y social. Y parece
dispuesto a ello, ya sea de la mano de Europa, o de China.
Ojalá Europa vea a los rusos
como un mercado de 140 millones de potenciales consumidores de sus productos,
en vez de una población insatisfecha capitaneada por un macho alfa, que cuenta
con un poderío militar suficiente para… ¿Quién sabe qué?
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