sábado, 15 de diciembre de 2018

La nueva Rusia de Putin


El pasado mes de septiembre de este 2018, Rusia ejecutó las mayores maniobras militares de su historia. En ellas participaron 300.000 soldados, un millar de aviones y 36.000 blindados. (Todo el ejército español cuenta con 120.000 soldados, y unos 2500 blindados). Me sorprendió la noticia de que en esas maniobras participaran 3.000 efectivos, 30 aviones y 900 tanques del ejército popular chino.
Justo en esas fechas, casualmente yo estaba en Moscú y tuve ocasión de hablar con un periodista ruso sobre eso, y me dio una respuesta que me dejó helado. Vino a decirme que “Si Europa no ofrece ninguna alianza a Rusia, Rusia tiene que buscar alianzas en otras partes”. Y yo pensé que, efectivamente Europa no solo no le ofrece ninguna alianza a Rusia, sino que participamos en las sanciones comerciales que impone Trump. También se me antoja que si Europa fuera algo más generosa con Rusia, ambos recibirían grandes beneficios mutuos.
Pero también podría yo decir “Si Estados Unidos ya no quiere defender a Europa, tendremos que gestionar nuestra defensa con nuevas alianzas”, ¿no?
Pero ¿por qué desde Europa vemos a Rusia como una amenaza? Hay muchos motivos. El otro día, conversando con mi buen amigo Julián, me dijo que estaba leyendo mucho sobre la influencia de la Iglesia Ortodoxa en la no integración de Rusia en lo que llamamos “occidente”. Y precisamente, desde del Cisma de Occidente a finales del siglo XIV, las iglesias se han venido preocupando mucho de mantener claras sus diferencias y territorios para no perder sus respectivos “rebaños”.
He comprobado que los rusos son muy religiosos, al menos en apariencia. Por algo la religión ortodoxa ha sobrevivido a 7 décadas de ser considerada como “el opio del pueblo”. Y Putin ha tenido mucho cuidado de no tener, ni al ejército ni a la Iglesia Ortodoxa enfrente. A esta última le ha dado los beneficios del tabaco y del alcohol.
Otra característica que he notado en los rusos es la aceptación de que son un pueblo que necesita “mano dura”. Me comentaron que, después de Gorbachov, Yeltsin procuró una sociedad de libertades que desembocó en un clima de inseguridad callejera, de enfrentamientos entre mafias, de grandes especuladores. Esto propició la aparición de estraperlos (mercado negro), cuyos protagonistas se aprovecharon de la falta de aprovisionamiento de los mercados. Un amigo ruso me comentó que en aquellos tiempos, cuando alguien tenía algún articulo (por ejemplo unos pantalones vaqueros o unas gafas de sol), no le preguntaban dónde lo había comprado sino dónde lo había conseguido.
La tercera sensación que me dieron los rusos es que han recuperado el orgullo de ser rusos. Ya no se lamentan por haber sido vencidos en la guerra fría, ni por haberles sido arrancados algunos países de su órbita o haber ido cediendo a las bravatas de la OTAN. Ahora hablan más de la recuperación de Crimea, o de su renovada industria aeroespacial.
Son el segundo mayor productor mundial de petróleo y gas, tienen armas nucleares e incluso han recuperado una envidiable tasa de natalidad.
Veamos algunas de esas odiosas comparaciones:

El cuadro habla por sí mismo:

Su población, algo más de 3,5 veces mayor que la de España, solo alcanza a producir algo menos que 1,2 veces nuestro Producto interior bruto. Por cada habitante España gasta en educación algo más del doble que Rusia. En cuanto a la salud, España gasta casi 7 veces más por habitante. Pero en defensa la cosa se invierte, y Rusia gasta algo más por habitante, que al ser tantos millones de habitantes, da una considerable suma de gasto en defensa, alrededor de 60.000 millones de € (España unos 14.500).
Rusia todavía necesita recorrer mucho camino hacia un posible estado del bienestar, para que sus ciudadanos se puedan comparar a los de la UE, y no sólo en cifras como las expuestas aquí.
Por ejemplo, las cifras dicen que tienen una tasa de paro algo inferior al 5% (en España cerca del 15%), sin embargo el subempleo es enorme.
Los restos de la cultura bolchevique son los que les están permitiendo sobrevivir de momento. Me refiero a lo que podríamos llamar “reparto del trabajo existente”. En los lugares públicos, cuando entras, lo primero que ves es una cantidad enorme de empleados. En el Metro, en los museos y otros lugares públicos, y por supuesto hay profusión de fuerzas de seguridad uniformadas y se adivinan también los no uniformados. (En nuestro hotel había un control de seguridad y un arco de seguridad para poder entrar).
Pero preguntando, algunos rusos se sinceraron (lo que no es nada fácil), y me contaron que hay muchos jubilados que trabajan en estos subempleos por horas y por salarios muy reducidos, con el objeto de complementar sus exiguas pensiones.
La persona que nos sirvió de guía en San Petersburgo nos confesó que sus padres, ambos médicos, ambos trabajando toda su vida como tales, tienen unas pensiones que les impedirían subsistir, de modo que tienen que seguir trabajando para ello. Su padre tiene más de 70 años. Esto explica su tasa de paro inferior al 5%.
Otro gran desequilibrio de la sociedad rusa es la tremenda desigualdad social. Parece que el salario medio oficial son casi 700 € mensuales, aunque en lugares como San Petersburgo o Moscú, esa cifra sube hasta cerca de los 1000€. Pero esas cifras son una simple media aritmética. Sin embargo, si contempláramos la llamada “desviación típica” (una medida estadística que sirve principalmente para conocer la desviación que presentan los datos, en este caso los sueldos, en su distribución respecto a la media aritmética), veríamos que hay muchos rusos cuyos ingresos mensuales están muy por encima, incluso de los 10.000 o 15.000 euros, y que hay mucha más gente que ingresa, a duras penas los 300 o 400.
En ningún sitio he visto tanta ostentación como la que vi en Moscú. El centro comercial GUM está repleto de tiendas carísimas, incluso para un ciudadano medio europeo o norteamericano, y las calles están repletas de coches de alta gama, Ferraris y Rolls.
Pero la sociedad rusa aguanta. Aguanta tal y como lo lleva haciendo desde hace siglos y especialmente en las últimas décadas, y nada parece indicar que eso vaya a cambiar, al menos mientras Putin esté donde está. Allí tiene el estereotipo de “macho alfa”, hace pocos días una amiga dijo de él: “¡qué hombre!”. Sí, la sociedad rusa me pareció bastante machista. Aunque es un machismo raro. Por ejemplo no soportan la homosexualidad, ni el feminismo radical, castigan duramente a las mujeres que se manifiestan enseñando los pechos. Esto, seguramente es una consecuencia de la influencia de la iglesia ortodoxa.
En el ejército, hay más 35.000 mujeres, de las cuales 2.600 son oficiales y 72 ocupan cargos de mando. Pero todavía no pueden servir en naves de la marina. Y hay una mujer viceministra de Defensa. Esto es, por el otro extremo, consecuencia de los años de bolchevismo.
En las zonas céntricas y lujosas, se ve a las mujeres muy elegantes y arregladas, y se dice que están buscando encontrar un hombre de esos que conducen los Ferraris, que les solucione la vida. (Eso, para mí es una muestra de sociedad machista).
En fin, estamos hablando de un país que es el segundo productor mundial de Gas y Petróleo, que dentro de dos décadas no les va a servir para mucho, y necesitará ayuda exterior para realizar su reconversión energética como el resto del mundo. Y quien no esté dispuesto a ayudarlos o a levantar las sanciones económicas, tiene que tener en cuenta que Rusia empieza a volver a disponer de un ejército convencional de poder creciente, con armas nucleares renovadas.
Es un país que necesita, urgentemente, una reconversión de su estructura industrial, económica y social. Y parece dispuesto a ello, ya sea de la mano de Europa, o de China.
Ojalá Europa vea a los rusos como un mercado de 140 millones de potenciales consumidores de sus productos, en vez de una población insatisfecha capitaneada por un macho alfa, que cuenta con un poderío militar suficiente para… ¿Quién sabe qué?

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domingo, 9 de diciembre de 2018

España, Gibraltar y el Brexit

Una vez las dos partes (La Unión Europea y el Reino Unido) han culminado la redacción de un texto consensuado que sirva de base para la salida de los británicos de Europa, faltan dos pasos más: por una parte la aceptación del Parlamento Británico y la firma del mencionado acuerdo de salida, y después la creación de otro acuerdo que regule las relaciones entre las dos partes una vez se haya producido el divorcio.


Aunque cada vez es menos probable que el Parlamento Británico apruebe el texto del acuerdo de salida, hay que pensar en esa remota posibilidad, y prepararse para negociar el siguiente acuerdo, el que regulará las relaciones entre la UE y el UK una vez separados. Y es aquí, y solo aquí donde habrá que negociar nuevamente la situación de Gibraltar, así como la de Irlanda del Norte. Y es aquí donde surgen las suspicacias y los intentos de manejar a la opinión pública, sobre el desarrollo de esas negociaciones.

Cuando se iniciaron las conversaciones del Brexit, se reconoció que “ningún acuerdo entre la UE y Reino Unido se podría aplicar a Gibraltar sin el acuerdo entre España y Reino Unido” Esto es lo que ha sido el caballo de batalla del fleco hispano-británico que taponaba el texto del acuerdo sobre el Brexit. Y esto es lo que ha quedado completamente claro que se respetará.
Entonces ¿por qué el Gobierno español considera que se ha logrado lo que se pretendía mientras el gobierno británico dice que no?, y ¿por qué las respectivas oposiciones de ambos países lo consideran tremendamente perjudicial?
Los políticos, una vez más tratan de confundirnos comparando cosas diferentes y extrayendo conclusiones como si fueran lo mismo.
Me explico: El gobierno español considera un éxito el hecho de conseguir que España tenga la última palabra en cualquier acuerdo al que lleguen Europa y el Reino Unido. La oposición española considera una pérdida tremenda el hecho de no haber aprovechado la oportunidad para lograr la cosoberanía del peñón. (Son dos cosas muy diferentes)
Por su parte, el gobierno británico se jacta de que España no haya logrado plantear la cosoberanía de Gibraltar y su presidenta proclama que se siente muy orgullosa de que Gibraltar siga y seguirá siendo parte del Reino Unido. Mientras que la oposición de Westminster la increpa por no haber logrado eliminar al gobierno español como interlocutor en la próxima negociación con Bruselas para el futuro acuerdo entre ambos. Una vez aclarado este intento de confundirnos, comentaré las diferencias conceptuales en este asunto entre el PP y el PSOE.
¿Cuál es el escenario deseado por España, como estado, para Gibraltar? Pues hay que distinguir entre escenario a largo plazo y a corto plazo. Evidentemente, el objetivo último, a largo plazo, es recuperar la soberanía española sobre Gibraltar. Pasando por una posible cosoberanía. Pero a corto plazo, el gobierno español tiene que mirar por los intereses de los ciudadanos del área de proximidad del Peñón.
Y es aquí, en esa dicotomía entre primar la soberanía o primar los intereses inmediatos de la población, donde han diferido tanto las posturas mantenidas por el PP y por el PSOE.
La posición del PP en las negociaciones del Brexit (las primeras, las de salida), capitaneada por el ministro Margallo primó la soberanía sobre todo lo demás (Posición típica de “o todo o nada”). Su propuesta de cosoberanía, realizada sin previo consenso en las Cortes, no obtuvo ningún resultado y bloqueó cualquier cooperación de la comarca circunvecina con Gibraltar, que resultó especialmente perjudicada, zona ya de por sí muy deprimida y aquejada por la eterna reconversión naval y el declive industrial, y la proliferación de mafias de contrabando de tabaco y droga.
Una vez el PSOE tomó el relevo de la política exterior española, Borrell propició el cambio por la vía de cuidar de los intereses de los habitantes de los territorios anejos a Gibraltar. Esto no significa la renuncia a las reivindicaciones de soberanía, e incluye acuerdos fruto de negociaciones bilaterales entre España y la UK.
A partir de la llegada de Borrell, el texto definitivo del Brexit incluye esos acuerdos bilaterales, que contemplan muchos puntos problemáticos del día a día. En realidad esos puntos, al estar en el texto del Brexit, se elevan al rango de Derecho originario (En cierta forma, puede decirse que el Derecho originario se equipara a las normas constitucionales europeas. En cualquier caso, las reglas del derecho primario son obligatorias en todas sus partes y disposiciones, tanto para los Estados miembros como para las instituciones comunitarias).
Estos puntos cotidianos regulan la cooperación transfronteriza entre Gibraltar y España abarcan aspectos como la fiscalidad, los intereses financieros, los derechos medioambientales, la pesca, la cooperación aduanera y policial, etc... Por ejemplo, se crea la figura del trabajador transfronterizo, y se crea una comisión de seguimiento del cumplimiento de estos acuerdos.
Quiero resaltar la enorme importancia de esto. Estos extremos quedan plasmados en cuatro memorandos y blindan, mediante la consideración de Tratado Internacional, los acuerdos alcanzados sobre todas estas materias. Y lo que considero más importante: por estar en ese nivel, ¡¡ambas partes se someten a los tribunales europeos!1, Gibraltar ya no podrá adoptar medidas unilaterales que contravengan estos acuerdos como ha venido haciendo históricamente.
Es cierto que esto se ha conseguido posponiendo para después las reivindicaciones sobre cosoberanía o incluso soberanía, pero en ningún caso nadie considera que se haya renunciado a ellas. De hecho, con estos acuerdos cerrados, España queda en una postura muy robusta de cara a las siguientes negociaciones para el acuerdo de relaciones posterior al del Brexit. Es más, aunque el Brexit no se consume, esos acuerdos bilaterales ya quedan incluidos en la legislación Comunitaria.
Espero haber arrojado alguna luz en este intrincado mundo de las relaciones internacionales, los tratados y las leyes comunitarias, y haber ayudado algo a que los políticos no nos líen más de la cuenta.
Pero ¿cómo se ha llegado a esto?, ¿por qué Gibraltar ha cogido esta relevancia ante el Brexit?
La primera consideración es que, al salir de la UE, el Reino Unido tendrá nuevas fronteras con la Unión Europea, una con Irlanda (con Irlanda el Norte) y otra con España (con Gibraltar). El asunto irlandés, que parecía el último escollo, se ha solucionado con una “patada adelante”, por la cual el Reino Unido permanecerá en el mercado único hasta que se solucione el problema, o sea, no se ha resuelto nada. Excepto que el RU no se irá de Europa mientras Europa no quiera.
Tal como decíamos al principio, después del acuerdo de salida, se abre un nuevo periodo de negociación sobre las relaciones entre la UE y el Reino Unido, y por ende entre España y el RU sobre Gibraltar y entre la UE y el Ulster (Irlanda del Norte).
Respecto al asunto español, dentro de esas negociaciones, está previsto crear tres comités hispano-británicos que gestionarán materias como los derechos laborales, las medidas medioambientales y los asuntos policiales. A nadie le interesa que cambie la situación actual, ni a los gibraltareños, ni a los españoles que van diariamente a trabajar al peñón. Pero eso se antoja imposible tras el Brexit (Muchas cosas tienen que cambiar).
Hay que recordar que Gibraltar, en el referéndum del Brexit,  votó de forma unánime a favor de permanecer en la UE, así que está siendo sacado en contra de su voluntad. En general España, y en particular el Campo de Gibraltar, se benefician de tener vínculos abiertos con Gibraltar.
Pero no hay que olvidar que Gibraltar es un paraíso fiscal, que tiene matriculadas más empresas que habitantes, y la nueva situación prácticamente legalizaría el contrabando y el blanqueo de capitales.
Quedaban algunos asuntos escabrosos para los que se había llegado a algunos compromisos, como el del aeropuerto que está construido en una zona muy comprometida y que ha sido fuente de grandes tensiones, cuya solución ha sido establecer un uso compartido del mismo. Después del Brexit, técnicamente pasaría a estar fuera del llamado espacio aéreo común europeo.
Una tercera derivada es el estatus de Gibraltar. Data de la firma del tratado de Utrech allá por 1715, bajo la presión del todopoderoso Imperio Británico de aquella época, y que incluso se quedaba hasta con Menorca. En ese tratado, entre otras muchas cosas, se da a Gibraltar el estatuto de Colonia, no parte del Reino Unido (A diferencia, por ejemplo de Ceuta y Melilla, que son parte del territorio español).
Esto significa que Gibraltar, no solo no es parte de Reino Unido, como he dicho antes, sino que no forma parte de pleno derecho de la Unión Europea.
Es sólo gracias a Londres que Gibraltar haya podido beneficiarse del acceso al mercado interior sin integrarse en la unión aduanera, y fuera del ámbito del IVA (No confundir con las regiones ultra-periféricas de Europa como Las Canarias o las Azores, que sí son parte de la UE pero tampoco tienen IVA). Es decir, Gibraltar es una comunidad muy peculiar: es la última colonia en territorio Europeo cuya soberanía ha sido reivindicada por España durante siglos por su situación, y que volvería automáticamente a España en caso (impensable hoy día) de descolonización.  
Las autoridades gibraltareñas han aprovechado esa singularidad para desarrollar un modelo económico que se basa en ser un paraíso fiscal, circunstancia que ha convertido esa singular micro-ciudadanía en una de las de mayor PIB per cápita del mundo.
España se encontró con esa situación cuando ingresó en 1986 en la UE, y no pudo hacer nada para revertirla porque Reino Unido llevaba 13 años en el club. Pero el Brexit cambia el escenario y las autoridades españolas quieren garantizarse que a partir de ahora el estatus de Gibraltar en relación con Europa dependerá de la luz verde de Madrid.
De todos modos yo sigo creyendo que el Brexit de facto no se producirá.
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