martes, 31 de marzo de 2020

Visualización de la laguna (Ficción)


Adela cerró los ojos y comenzó a relatar:
—Abrí la puerta de madera y vidrio de la habitación y me encontré en el jardín trasero de la casa, que estaba sobre una pequeña colina desde la que salía un camino descendente. A mi lado izquierdo vi una laguna no muy grande ni muy lejana, y a mi derecha había un pinar mediterráneo no muy frondoso. La temperatura era muy agradable, una suave brisa evitaba cualquier sensación de calor a pesar de lo azul del cielo. En él divisé algunas nubes pequeñas y lejanas, mientras me llegaba un agradable olor a hierba recién segada.
Me dispuse a descender en dirección a la laguna. Caminé despacio, no tenía ninguna prisa. Me detuve para ver los nenúfares flotando sobre el pequeño estanque situado justo antes de traspasar la estacada que limita el jardín trasero de la casa. Seguí descendiendo por la senda en dirección a la laguna. El paisaje se volvía cada vez más colorido por la enorme variedad de plantas y flores que flanqueaban mi camino.  
Ya cerca de la laguna, en la gran pradera que linda con el bosque de pinos, había animales que descansaban tumbados en el césped, pastaban tranquilamente o trotaban. Todos ellos parecían muy relajados. Cuando me fijé más, distinguí una familia de leones, una pareja de rinocerontes, unas cebras, bisontes y hasta alguna que otra cabra. Ya cerca del bosque, a lo lejos, tres jirafas comían unas ramas altas de un olmo enorme. Mi presencia no les resultó extraña, simplemente me miraron y volvieron a la misma situación de antes de reparar en mi presencia. Respiré profundamente y empecé a contagiarme de su tranquilidad. Poco a poco, según me iba acercando a la laguna, empecé a divisar una pequeña isla en medio de ella. Antes de llegar a la orilla me crucé con algunos animales más que, o iban a beber o volvían a la pradera. Pasé muy cerca de ellos; no sentí ningún temor. Esta situación me resultaba completamente normal. Justo al llegar a la orilla un caballo, que estaba bebiendo, levantó la cabeza para mirarme con sus vivaces ojos y volvió a beber.
Estando al borde del agua quise ir a la isla del centro. Lo deseé tanto que noté cómo me elevaba y volaba sobre los cerca de 200 metros de agua que me separaban de ella, hasta posarme en el centro del pequeño prado verde que la cubría. Me tumbé en la orilla y me dejé caer al agua, que estaba a una temperatura ideal. Unas gaviotas me miraban desde arriba. Me sumergí en las limpias aguas y comprobé que podía respirar normalmente bajo ellas. Contemplé las plantas marinas y algunos bancos de pequeños peces, que ni se inmutaron al verme pasar cerca de un tiburón. El escualo parecía conversar animadamente con un gran mero y dos delfines risueños. Noté cómo el agua entraba en mis pulmones llenándome de salud y tranquilidad, tanto, que perdí la noción del tiempo. Pudieron haber pasado muchos minutos, quizá una hora. No recuerdo más porque me quedé dormida.
— ¿Y que tal a la mañana siguiente?— Preguntó el Doctor Padilla sin dejar de escribir en su  libreta.
   Mucho mejor — Respondió Adela que permanecía inmóvil sobre el diván.
—Despareció ese nudo en el estómago y esa presión en el pecho. No he vuelto a tener esa sensación de ansiedad desde hace cuatro días, justo cuando me levanté después de la visualización. Y ahora lo he estado repitiendo cada noche. Parezco una persona nueva, me siento preparada para enfrentarme a cualquier nueva recaída. Muchas gracias doctor.
—Me alegro mucho, señorita — Dijo el doctor subiéndose las gafas con el dedo.
—Recuerdo aquella tarde cuando me relataba esos ataques de ansiedad que tenía por las noches.
—Sí, doctor, lo pasé muy mal. No podía respirar, sentía una presión tremenda en el pecho y notaba los latidos de mi corazón tan fuertes que me retumbaban en los oídos. No podía pensar en nada que no fuera darle vueltas y más vueltas a lo sucedido en mi oficina.
—Aquí tiene esta receta de unas pastillas, pero solo debe tomarlas si lo necesita mucho. No deje de practicar esta técnica de visualización.
Esa noche, antes de acostarse, en la mente de Adela solo quedaban vagos destellos del problema que hasta entonces le había parecido el fin del mundo. Hoy se le antojaba menos grave. No tomó las pastillas, cenó muy frugalmente,  se fue a la cama y volvió a practicar esa técnica que le enseñó el Doctor Padilla para combatir sus ataques de ansiedad. Esa técnica que ahora se le antojaba milagrosa: antes de dormirse, relajó los músculos como pudo, cerró los ojos, contó desde el 5 hasta el cero y comenzó a visualizar esa escena de la laguna tranquila con la islita en el centro. 

viernes, 27 de marzo de 2020

Cuidado con lo que deseas (Ficcion)


Se preguntó: “¿Desde cuándo me fijé en Cleopatra?” Dedujo que desde hacía algo más de cuatro meses. Cuatro meses en los que estuvo haciendo todo tipo de cábalas sobre ella, ninguna segura, excepto que para él, era una reina, una faraona. Por eso la llamó Cleopatra.
Cleopatra llegó a convertirse en su primera alegría cotidiana. Alegría que culminaba cuando tomaba el tren y ella aparecía allí, en el mismo asiento de siempre. Alegría que llegaba a su cenit cuando encontraba un sitio libre cerca de ella, donde pudiera verla.
Ante sus ojos brillaba toda ella. Su pelo, sus ojos, incluso su perfume en esos días en que era lo suficientemente afortunado como para poder colocarse, en el vagón, cerca de ella y poder olerlo. Llegó a conocer sus juegos de pendientes, su bisutería, sus bolsos, sus zapatos y el resto de su ropa. Incluso fantaseó con hablarle en la realidad, porque ya le hablaba en su imaginación.
Se acercaba la primavera y tenía grandes planes para esa estación tan romántica. Sí, se estaba mentalizando para abordarla una de esas mañanas recién amanecidas, en aquel vagón de cercanías. Contaba con que ella también se hubiera fijado en él. Ya se habían cruzado sus miradas varias veces. No se sentía especialmente atractivo. Era joven, aseado y no era gordo ni calvo, además confiaba en que le ayudara la misma primavera alterando la sangre.  
Pero un día, ya con la mentalización avanzada y con la tensión que empezaba a atenazarle, le abandonó su buena estrella. Aunque todavía no había concretado cómo, estaba decidido a emprender ese acercamiento a la que consideraba su reina. Sin embargo, cuando subió al tren y vio aquella escena, se le revolvió el estómago, tuvo que aferrarse a la barra de acero para no caerse, y le costó muchísimo dominarse y reprimir las lágrimas que humedecieron sus ojos.  
Cleopatra, su reina, estaba junto a otro hombre en actitud cariñosa, muy cariñosa. Hablaban bajo y no pudo escuchar sus palabras, entre otras cosas porque no se quiso acercar mucho y sólo les miraba de reojo. Ella, risueña, parecía feliz y no hacía caso de nada a su alrededor que no fuera el rostro y las palabras de su nuevo acompañante.
Aunque su cabeza le decía que eso era normal, que ella ni siquiera se había fijado en él en todo este tiempo y que  seguramente, las contadas veces en que sus miradas se habían cruzado, ella no veía en él mas que un pasajero como los demás, su corazón le decía lo contrario y se sentía traicionado.
Se maldijo a si mismo por haberse engañado al no contemplar la posibilidad de que el corazón de su reina ya fuera de otro y empezó a dejar de considerarla como tal.
Pero el momento en que dejó de ser definitivamente reina para él, fue cuando ese hombre y ella, sin el menor pudor, se besaron ante todos los demás pasajeros y ante él mismo. No pudo resistirlo y se movió al fondo del vagón. Pero esa huida no fue suficiente. Se dio cuenta de que ya no podría soportar verla por las mañanas antes de ir al trabajo, que había perdido esa ilusión. Ni siquiera soportaba la idea de estar en el mismo tren y se bajó tres paradas antes de llegar a Madrid.
En la cantina de la estación, tomó un café con la esperanza de que se aflojara el nudo del estómago. Pasaron tres o cuatro trenes mientras deseó fervientemente no volver a verla nunca más. Ni a ella, ni a ese otro tío con el que creía que había pasado la noche. Es más, ni a todos aquellos viajeros con los que compartía esos viajes matutinos antes de ir a trabajar. Lo deseó fervientemente, con toda su fuerza mental. Solo así podría superar lo que le parecía un tremendo ultraje, y afrontar el resto de su vida con nuevas ilusiones.
Entonces la megafonía de la estación lanzó el mensaje de que se había cortado la línea, que había habido unos atentados. No podía creerlo, le parecía que lo estaba soñando. En la televisión de la cantina no paraban de dar noticias y algunas imágenes de aquel once de marzo de 2004.
No volvió a ver a aquella mujer, ni a aquel hombre, ni a tantos de aquellos que tomaban con él el tren desde Alcalá de Henares y que él siempre abordaba en San Fernando.
Moraleja: “Ten cuidado con lo que deseas, porque te puede ser concedido”. 

Post-Covid19 Dia 1


La primera crisis del coronavirus, la del Covid19, marcará un antes y un después tan grande que cambiará la historia contemporánea tal y como la conocíamos. No me refiero al tiempo, que espero sea coyuntural, en que se para una parte de la producción mundial, se saturan los hospitales, tememos que en los supermercados falten ciertos productos y consideremos una bendición poder salir a la calle, a dar un paseo o visitar a nuestros familiares y amigos. Me refiero a todas esas cosas que ya no serán como antes nunca más. No me cabe duda de que este acontecimiento acelerará dramáticamente muchos cambios en el orden mundial, entendido éste como forma de organización de la especie humana en el planeta. Estos cambios se pueden resumir en el relevo de Occidente como vanguardia del progreso socioeconómico del Mundo.
Occidente
Lo que pomposamente llamamos “Occidente” ya nunca volverá a ser la referencia del progreso económico y social del mundo. Por una parte se desintegra el eje Atlántico que formaban EEUU y Europa, y que era el espejo de políticas de seguridad en el que todo el mundo se miraba, sobre todo después de la caída de las ideologías comunista y socialista. Después de la “Coronacrisis”, quedará en la memoria de los europeos asuntos como la prohibición unilateral de vuelos comerciales con la UE, dejando pequeña aquella amenaza de no defendernos “si no pagamos”.
EEUU
La hasta ahora, primera potencia mundial está renunciando a serlo y ha comenzado lo que podríamos llamar “Aislacionismo agresivo”. Las guerras comerciales de Trump y su “America first” (America primero) les está empezando a dar más problemas que soluciones. Y veremos como quedarán después de la pandemia: su red sanitaria es poco menos que inexistente, y su protección laboral es ridícula comparada con la denostada Europa del bienestar. No están preparados para esto, y a esta falta de preparación se añade un Gobierno Federal profundamente incompetente, que está obligando a los gobernadores de los Estados a actuar por su cuenta. Trump, en un alarde de desdén por la ciencia y los expertos, sigue negando el calentamiento global y la gravedad del Coronavirus, entre otras muchas cosas.
Mientras a Europa le van llegando ayudas desde China, India, Japón y hasta de Rusia, de “nuestro aliado” absolutamente nada.
Europa
La UE sigue con sus divisiones y con su población envejecida, pero ante esta crisis, muchas cosas están cambiando respecto de la anterior. En mi opinión, lo que está sucediendo esta vez, representa una verdadera oportunidad para reposicionarse en el Mundo. Tiene medios de sobra para hacerlo: los mejores sistemas sanitarios públicos, las mejores políticas de protección social y sobre todo, tenemos una base excepcional para mover a los estados miembros en una misma dirección mediante La Unión Europea, que cuenta con un Parlamento, un Banco Central y una Comisión Europea. Solo hace falta usarlos para coordinar,  unificar esfuerzos y así resistir ante las crisis futuras. A pesar de su ya proverbial lentitud, los estados miembros empiezan a poner en marcha importantes paquetes de estímulo fiscal. El Banco Central Europeo, después de un primer traspié, achacable a la bisoñez de su nueva gobernadora, ha decidido aplicar un plan de adquisición de activos que salvaguardará la deuda pública y garantizará la liquidez, pero esto es una ayuda a nivel nacional (de los estados miembros). El siguiente paso es poner en marcha un estímulo a nivel comunitario, es decir, que Europa sea la que tome los préstamos en vez de los estados. Sólo hay que vencer la resistencia de los países menos solidarios (Alemania, Holanda y Finlandia), pero esa resistencia es cada vez menor. Si se consigue, se habrá logrado aprobar esa asignatura pendiente.      
China
A diferencia de EEUU, China está uniéndose a los valores europeos: solidaridad, cooperación y protección social. Está enviando personal médico y material sanitario. Su ayuda, evidentemente, no es completamente altruista; quiere ocupar el enorme vacío que están dejando los norteamericanos. En cualquier caso, no cabe duda de que con esta crisis, China gana peso como superpotencia global, y por tanto gana influencia en Europa. Su modelo autoritario, de estricta disciplina social y muy beligerante contra las disidencias, choca con la visión democrática europea, pero ha demostrado efectividad ante estas contingencias. Se abre la posibilidad de una nueva relación Europa-China, que abonará la unidad de la política exterior europea. 
Globalización
El mercado global seguirá existiendo, pero sufrirá profundos cambios. Probablemente habrá una nueva relocalización de las industrias para garantizar el abastecimiento y las cadenas de producción. Una vez más, Europa tiene la enorme ventaja de que, si es capaz de coordinar sus políticas industriales y agrarias, puede construir un aparato productivo capaz de autoabastecerse y crear reservas estratégicas, para así responder a cualquier contingencia futura.
Conclusiones
En resumen, opino que esta crisis podría llevarnos a buscar mayores y mejores instituciones de gobernanza internacional, ya que queda en evidencia que los retos y riesgos venideros son para toda la humanidad.
He leído una frase de un conocido estratega español que dice:
“El coronavirus nos ha puesto contra las cuerdas y frente al espejo. Sin embargo, debemos seguir defendiendo un mundo basado en normas, abierto y conectado, preservar el multilateralismo y conseguir una verdadera globalización solidaria y responsable que disponga de mecanismos de control y compensación que aseguren una respuesta conjunta ante crisis de este calibre. En buena medida, la forma en la que salgamos de esta crisis determinará nuestra capacidad para afrontar las siguientes”.

miércoles, 11 de marzo de 2020

Entre Frederick_Forsyth y Ken Follett (Ficcion)


            Después de esperar en la fila de carros durante varias horas, por fin llegó al control dispuesto ante la puerta oeste, que daba entrada a la ciudad de Canterbury. El oficial le indicó el lugar donde tuvo que detener el carro. A derecha e izquierda, varios soldados mostraban sus ballestas cargadas para disuadir a cualquier posible alborotador. El dialogo fue breve. Después los controladores le hicieron retirar las pieles que cubrían los tres barriles de cerveza. No tuvieron ninguna duda de que se trataba de un inofensivo mercader, que acudía al evento para vender el apetitoso líquido fermentado. Una vez dentro de la ciudad buscó un lugar donde dejar el carro y dar de beber y comer a los bueyes. Más tarde, cuando ya casi había oscurecido, encontró un sitio por fin en una de las posadas para comer, beber y pasar los tres días siguientes. No fue fácil: toda la ciudad estaba repleta de forasteros que acudían a los fastos de la coronación del arzobispo de Canterbury, como jefe de la iglesia anglicana.
Esa misma noche, evitando las patrullas que hacían cumplir el toque de queda, se deslizó hasta la parte baja de la ciudad, donde se asentaban muchos gremios. Atravesó varios callejones cuyo silencio nocturno se rompía a su paso con ladridos, balidos y hasta cacareos. Hasta que llegó frente a la puerta que buscaba. Entró no sin mirar a su alrededor antes. Minutos después estaba ante uno de los mejores herreros de la ciudad. 
Tal como le había encargado unos meses antes, el artesano le mostró, orgulloso, las dos enormes flechas. Dos piezas únicas de más de un metro de largo; su cuerpo de madera de roble de una pieza, perfectamente pulida; su punta de hierro fundido afiladísima y con el peso exacto; y la parte posterior de tripas de jabalí endurecidas y secadas para darle una aerodinámica nunca antes vista. Después de comprobar la calidad del trabajo, realizó el segundo pago (El primero ya lo había hecho en el momento del encargo, dos meses antes). Se comprometió a darle el tercero y último dos días después, cuando se lo entregara en el lugar convenido: el campanario abandonado de la antigua catedral, que se había salvado del incendio. Esa misma noche, ya casi al alba, tuvo una experiencia similar con un maestro carpintero llegado del sur de los Alpes, que tenía su taller dos calles más abajo. Éste le había fabricado tres piezas de precisión, que una vez ensambladas, formaban una ballesta enorme.
Justo el día antes de la ceremonia, que certificaría el cisma entre la nueva iglesia anglicana y la de Roma, estando el sol en el momento central del día, nuestro hombre subió a lo alto del campanario antes indicado. Allí le esperaba el virtuoso artesano de acento italiano. Le hizo una última demostración del funcionamiento de la ballesta ya montada. La dejó perfectamente anclada a las paredes de piedra y, cuando se volvió para pedir la bolsa con las piezas de oro del tercer y último pago, se encontró el puñal de su cliente hundiéndose en el pecho y saliendo rápidamente para cortar parte de su cuello. Se desplomó mientras nuestro hombre se colocaba tras él para no quedar muy manchado de sangre.
Metió el cuerpo en uno de los sacos que había allí tirados, lo enterró bajo la montaña de paja que se amontonaba junto a las paredes, y se dispuso a calibrar el original aparato recién instalado. Lo puso apuntando a una de las troneras: La que daba a la plaza frente a la impresionante catedral nueva.
Dos horas después sucedió una escena muy similar, teniendo como protagonista al maestro herrero que trajo las dos enormes flechas. Corrió la misma suerte que el carpintero, aunque tuvo tiempo para comprender el objeto de su encargo. Su cadáver acompañó en otro saco al del colega artesano de la madera.
Por fin llegó el gran día. Todo estaba preparado para la solemne ceremonia. Pendones y banderines adornaban los rincones y los muros de la plaza. Los tambores llevaban ya tiempo retumbando y cada cierto tiempo repicaban las campanas. La gente se iba amontonando en la parte baja de la gran escalinata de acceso a la puerta principal de la Catedral. Dentro, el futuro arzobispo esperaba la llegada del rey Enrique VIII con su corte.
Nuestro hombre consiguió llegar al torreón del antiguo campanario. Disfrazado de monje, con la capucha puesta, atravesó las diferentes barreras de soldados que impedían el paso a todo aquel que portara cualquier tipo de arma. Lenta y concienzudamente colocó uno de los dos proyectiles en el canal de madera de la ballesta y ajustó la mirilla apuntando hacia el pórtico de la entrada de la Catedral.
Estaba forzando la cuerda con la manivela para tensar la verga del arco, cuando sonaron los clarines y trompetas que anunciaban la llegada del monarca y el arzobispo salió para recibirle.
Nuestro hombre, vio el cuerpo cubierto por el ostentoso atuendo arzobispal en el círculo de la mirilla, apuntó al gran crucifijo de oro que colgaba de su pecho y accionó la llave que disparó la enorme flecha. Esta sobrevoló la plaza para chocar con el cuerpo del futuro jefe de la iglesia anglicana, que prácticamente se partió en dos ante el estupor de todos, incluido el mismísimo rey que entraba en la plaza, orgulloso montado en su caballo.
El revuelo fue colosal: gritos y órdenes a los soldados, cascos de caballos y relinchos, gente corriendo de un sitio para otro…Tardaron en identificar la tronera de donde partió la enorme flecha.
Para entonces, nuestro hombre, tal como había dispuesto, ya se había descolgado por una de las ventanas que daban a la parte opuesta. Logró escapar y volvió a su habitación en la posada para hacer su escaso equipaje y retomar su carro de bueyes cargado con los tres barriles de cerveza.
Pero antes mandó un mensaje atado a una pata de la paloma amaestrada que tenía en su pequeña jaula. En el mensaje simplemente escribió: “Santidad, misión cumplida. En un mes estaré en Roma para recibir la parte restante de mis honorarios”. Firmado  “Chacal”



  

martes, 3 de marzo de 2020

¡Está vivo! (Relatos. ficción)

Por fin entró el señor Tebintti en aquella elegante y proporcionada sala de reuniones. Después de saludarnos cortésmente nos sentamos a los lados de una de las esquinas de aquella mesa de madera de cerezo, cuyo tono rojizo se combinaba perfectamente con el color vino tinto del cuero de las butacas. Durante unos instantes de absoluto silencio y bajo mi atenta mirada, leyó algunos párrafos del informe que le facilité dentro de la carpeta negra con el logo de mi agencia. 
Pasó sin leer la mayor parte de las hojas, deteniéndose sólo en algunas de ellas sobre las que mostró cierto interés, hasta llegar a las conclusiones que leyó detenidamente. Al terminar cerró con gesto pensativo el dosier.Después levantó la mirada y la dirigió hacia mí. Asintió levemente, como tratando de disimular su sensación de agrado. Como buen suizo no podía permitirse esa demostración y se contentó con dejar que su espalda descansara en el respaldo de la butaca, pero sin apartar la vista de mí, como si estuviera buscando algún gesto de duda por mi parte.
—Cuénteme señor Baldwin, ¿Cómo le fue por Madrid?
Por el ademán de acomodarse en su asiento comprendí que quería conocer los detalles de mi gestión y de cómo había llegado a esa conclusión tan satisfactoria para él. Evidentemente el cheque de casi tres millones de euros que esperaba de él le daba ese derecho, de modo que abrí la botellita de agua mineral, eché un trago corto y empecé a contarle.
Mi relato comenzó refiriéndome al trabajo de mi equipo, y a algunas averiguaciones que nos pusieron sobre la pista de Madrid. Revelé algunos detalles de los casi 10 días que pasé allí, sin embargo omití muchos otros porque, en realidad, lo pasé muy bien en esa ciudad. Me pareció que era mejor ahorrarme el rubor que hubiera supuesto contarle mis ratos de disfrute para después recibir esa suma de dinero, que se me antojaba escandalosa.
Pero no me resistí a detallar momentos como, por ejemplo, lo que hice para burlar a aquellos tipos encargados de que yo no pudiera conocer la ubicación del sitio donde se produjo el encuentro. Así, para evitarlo, entre otras cosas me registraron concienzudamente y me obligaron a dejar mi móvil en el coche que me recogió en el aeropuerto. Después, ya en un aparcamiento del centro, al subir al otro coche me vendaron los ojos y me tuvieron casi una hora circulando. Pero no fueron capaces de encontrar el diminuto emisor que llevaba escondido en la funda de la muela postiza que suelo usar en estos casos.
Cuando terminé mi relato dudó unos instantes, frunció el ceño siempre muy discretamente y comentó
—Ajá, muy bien, buen trabajo, pero ¿Cómo tiene la absoluta seguridad de que es él?
Esperaba esa pregunta y tenía muy preparada la respuesta, de modo que, repleto de seguridad y con cierta jactancia dije.
—Todo está en el informe—
Y añadí
—Cuando nos dimos la mano, cuidé de que las yemas de algunos dedos de su mano derecha se posaran sobre una finísima película de celofán que llevaba disimulada en la palma de mi mano. Después comparamos esas huellas con las del archivo y coincidieron
Levantó las cejas en un gesto de aceptación plena de la evidencia, y me alargó el cheque. No pude evitar mirar la cifra aun a sabiendas de que era poco elegante.
Poco después me relajaba con un plácido paseo por las orillas del lago Leman. Recuerdo que entré en el jardín inglés y me puse a observar su famoso reloj de flores. Sentí la serenidad de aquel lugar, y pensé que los casi tres millones de euros serían pura calderilla comparados con los que la compañía de seguros que dirigía el señor Tebintti iba a recuperar con el informe que le acababa de dar.
Nunca olvidaré el momento en que me quitaron la venda y me encontré frente a ese anciano de ojos vivos que conservaban, a sus 80 años, esa mirada curiosa y descarada tras esas gafas redondas que tanto le caracterizaron.
Y todavía hoy, en mi oficina de Manhattan, a veces me pregunto ¿Por qué?, ¿Fue voluntario o le forzaron a simular su muerte?, y si fuera así, ¿Quién pudo idearlo y mantenerle oculto todos estos años?
Pero, en realidad, mi trabajo terminó cuando demostré que hoy en 2019, John Lennon sigue vivo y reside en Madrid.    

Autobusero (Relatos-ficción)


Al final de su turno, después de una larga jornada conduciendo en la locura del tráfico, Claudio esperó sentado en el sofá a la puerta del despacho de su jefe, el director de operaciones. Esperó casi 40 minutos en compañía de la secretaria que estaba a lo suyo. En ese tiempo, no pudo evitar pensar en cuándo había cambiado todo. Acaba de cumplir 40 años trabajando para Autobuses Roncero, es el conductor más veterano, jamás tubo ningún problema con ningún compañero y don Fermín, el fundador y padre de Don Julián, el hoy presidente, le felicitó en el pasado muchas veces por su dedicación a la compañía.
Ahora, le han asignado la peor ruta, la que pasa cerca de La Cancha, un barrio en que se vende droga. Los conductores de los coches y motos son muy agresivos y dentro del autobús raro es el día en que no hay algún robo o alguna pelea.
“La culpa de todo fue cuando grite a esa viajera” se decía una y otra vez “Pero, es que me sacó de quicio, ¡y eso no es nada fácil!”, se justificaba siempre cuando los recuerdos le torturaban. Y ahora le han sancionado, de momento, con 10 días de empleo y sueldo. Seguramente hoy le han citado para comunicarle mas sanciones.
Cuando pasó al despacho, el Sr Rubiera, flamante joven director de operaciones, le dijo que ya puede dar gracias a Don Fermín, y le comunicó que, de momento sólo habrá esa suspensión de empleo y sueldo, y que lo empezará a cumplir a partir de mañana.
Al salir, volviendo a casa pensó en lo contrariado que parecía Rubiera, es como si le molestara que el presi haya decidido no ser tan duro con él.
Esa noche, después de cenar se fue pronto a dormir mientras su mujer se quedó viendo no sé qué concurso de la televisión. En la oscuridad del dormitorio, cerró los ojos y empezó su rutina de meditación de todas las noches que la sicóloga le había enseñado a raíz de su amago de depresión. Una vez relajado pensó en lo afortunado que era de tener una esposa tan buena compañera sin la que, una vez mas, no hubiera sido capaz de pasar ese mal trago, y de que su patrón haya sabido valorar sus años de servicio leal. Y se durmió pronto con el pensamiento puesto en aquella ocasión en que perdió los nervios.
Por la mañana, en la ducha, que es donde le suelen venir las mejores ideas, de pronto lo entendió todo. ¿Será posible?, ¿como pueden ser tan cabrones? Todo cuadraba: la señora insoportable, el viajero que lo grabó todo y lo contrariado que estaba Rubiera, el director de operaciones….claro!, les sentó mal que no me plegara a sus deseos. Esa misma tarde, aprovechando que no tenía que ir a trabajar visitó a su abogada y le explicó lo que pensaba.
—“Mire usted, a primeros de este año, o sea hace ya casi 6 meses me llamó Don Julián, el dueño de la empresa y me propuso prejubilarme. Yo no puse muchas pegas, tengo 63 años, pero lo consulté con mi familia. Mis hijos que son dos jóvenes empresarios  y muy razonables me dijeron que pida que me paguen las vacaciones que me deben, que son más de 5 semanas y me indemnice según me corresponde por ley para este tipo de supuestos. Cuando se lo planteé a Don Julián, en presencia del Sr Rubiera, ambos se enfadaron mucho y me dijeron que no esperaban que yo me tratara de aprovechar de su generosa oferta. Y así terminó la cosa. Desde entonces me asignaron la peor ruta, el peor turno y todavía no me han aprobado las vacaciones que solicité para este año. Y hace una semana sucedió eso que usted ya sabe con aquella viajera. ¿No le parece mucha casualidad que aquella mujer fuera tan tremendamente grosera y provocadora?, ¿Y que haya alguien grabándolo todo? Y sobre todo ¿que mis jefes reaccionaran tan rápidamente como si no les extrañara mi conducta tan diferente a la habitual de los últimos 40 años?, sin preguntarme ¿Qué pasó Claudio?”—   
La abogada era una mujer verdaderamente brillante, una de las mejores laboralistas de la ciudad. Enseguida comprendió que lo que le Claudio le estaba contando era muy verosímil. “Entiendo” dijo con la mirada puesta en el infinito.
—“O sea, usted cree que el presiente ese tal… ¿Don Fermín?”—
—“Si, eso es Don Fermín es el Presidente y dueño y el Sr Rubiera el Director de Operaciones”— aclaró Claudio
—“Aja, entonces usted cree que Don Fermín le encargó al tal Rubiera que se deshiciera de usted de la forma mas barata posible”—
—“Eso es”—
La abogada se acarició la barbilla
—“Mmmm, tiene sentido. Y contrató a dos personas, una para provocarle y otra para que lo grabase…Pero no contaron con su buen carácter, usted simplemente se limitó a gritarle que se callara, ni un insulto, ni el menor contacto físico… ¿no?”
—“Exactamente, y lo que me ha terminado de convencer ha sido ese gesto de contrariedad de Rubiera ayer cuando me dijo que sólo tendría una suspensión de empleo y sueldo”
—“Tiene sentido Claudio. Y como no les ha salido tal como querían no han podido despedirte procedentemente. Don Fermín le habrá echado la bronca al director por su fracaso, lo que explicaría su enfado”. —Esbozó una leve sonrisa, y miró a Claudio por encima de las gafas de leer y dijo con un tono de serena complicidad:  
—“Si estás dispuesto, podemos denunciarles. Le tendrían que pagar los días de suspensión, mas una buena indemnización…”
Al autobusero se le iluminó la mirada y respondió con el ceño fruncido
—“Claro que si, y aunque ganemos y se haga justicia, juro que me vengaré”
Tres mese después Claudio y su abogada ganaron el juicio, el juez le dio a elegir entre volver a su puesto de trabajo o aceptar el despido improcedente, con la correspondiente indemnización. Se inclinó por el despido.
Hoy Claudio ha recibido, entre unas cosas y otras, cerca de 300000 euros y está cobrando el paro en espera de la jubilación.
Está feliz porque piensa que no solo se ha hecho justicia, también saboreó la venganza cuando supo que Don Julián ha despedido a Rubiera, y por si fuera todo esto poco, está pensando en dedicar parte de ese dinero a ayudar a más trabajadores que estén siendo víctimas de este tipo de prácticas delictivas de algunos empresarios.