Adela
cerró los ojos y comenzó a relatar:
—Abrí
la puerta de madera y vidrio de la habitación y me encontré en el jardín
trasero de la casa, que estaba sobre una pequeña colina desde la que salía un
camino descendente. A mi lado izquierdo vi una laguna no muy grande ni muy
lejana, y a mi derecha había un pinar mediterráneo no muy frondoso. La
temperatura era muy agradable, una suave brisa evitaba cualquier sensación de
calor a pesar de lo azul del cielo. En él divisé algunas nubes pequeñas y
lejanas, mientras me llegaba un agradable olor a hierba recién segada.
Me
dispuse a descender en dirección a la laguna. Caminé despacio, no tenía ninguna
prisa. Me detuve para ver los nenúfares flotando sobre el pequeño estanque situado
justo antes de traspasar la estacada que limita el jardín trasero de la casa. Seguí
descendiendo por la senda en dirección a la laguna. El paisaje se volvía cada
vez más colorido por la enorme variedad de plantas y flores que flanqueaban mi
camino.
Ya
cerca de la laguna, en la gran pradera que linda con el bosque de pinos, había animales
que descansaban tumbados en el césped, pastaban tranquilamente o trotaban.
Todos ellos parecían muy relajados. Cuando me fijé más, distinguí una familia
de leones, una pareja de rinocerontes, unas cebras, bisontes y hasta alguna que
otra cabra. Ya cerca del bosque, a lo lejos, tres jirafas comían unas ramas
altas de un olmo enorme. Mi presencia no les resultó extraña, simplemente me miraron
y volvieron a la misma situación de antes de reparar en mi presencia. Respiré
profundamente y empecé a contagiarme de su tranquilidad. Poco a poco, según me iba
acercando a la laguna, empecé a divisar una pequeña isla en medio de ella.
Antes de llegar a la orilla me crucé con algunos animales más que, o iban a
beber o volvían a la pradera. Pasé muy cerca de ellos; no sentí ningún temor.
Esta situación me resultaba completamente normal. Justo al llegar a la orilla
un caballo, que estaba bebiendo, levantó la cabeza para mirarme con sus vivaces
ojos y volvió a beber.
Estando
al borde del agua quise ir a la isla del centro. Lo deseé tanto que noté cómo
me elevaba y volaba sobre los cerca de 200 metros de agua que me separaban de
ella, hasta posarme en el centro del pequeño prado verde que la cubría. Me
tumbé en la orilla y me dejé caer al agua, que estaba a una temperatura ideal.
Unas gaviotas me miraban desde arriba. Me sumergí en las limpias aguas y comprobé
que podía respirar normalmente bajo ellas. Contemplé las plantas marinas y
algunos bancos de pequeños peces, que ni se inmutaron al verme pasar cerca de un
tiburón. El escualo parecía conversar animadamente con un gran mero y dos
delfines risueños. Noté cómo el agua entraba en mis pulmones llenándome de
salud y tranquilidad, tanto, que perdí la noción del tiempo. Pudieron haber
pasado muchos minutos, quizá una hora. No recuerdo más porque me quedé dormida.
—
¿Y que tal a la mañana siguiente?— Preguntó el Doctor Padilla sin dejar de
escribir en su libreta.
— Mucho
mejor — Respondió Adela que permanecía inmóvil sobre el diván.
—Despareció
ese nudo en el estómago y esa presión en el pecho. No he vuelto a tener esa
sensación de ansiedad desde hace cuatro días, justo cuando me levanté después
de la visualización. Y ahora lo he estado repitiendo cada noche. Parezco una
persona nueva, me siento preparada para enfrentarme a cualquier nueva recaída.
Muchas gracias doctor.
—Me
alegro mucho, señorita — Dijo el doctor subiéndose las gafas con el dedo.
—Recuerdo
aquella tarde cuando me relataba esos ataques de ansiedad que tenía por las
noches.
—Sí,
doctor, lo pasé muy mal. No podía respirar, sentía una presión tremenda en el
pecho y notaba los latidos de mi corazón tan fuertes que me retumbaban en los
oídos. No podía pensar en nada que no fuera darle vueltas y más vueltas a lo
sucedido en mi oficina.
—Aquí
tiene esta receta de unas pastillas, pero solo debe tomarlas si lo necesita
mucho. No deje de practicar esta técnica de visualización.
Esa
noche, antes de acostarse, en la mente de Adela solo quedaban vagos destellos
del problema que hasta entonces le había parecido el fin del mundo. Hoy se le
antojaba menos grave. No tomó las pastillas, cenó muy frugalmente, se fue a la cama y volvió a practicar esa
técnica que le enseñó el Doctor Padilla para combatir sus ataques de ansiedad.
Esa técnica que ahora se le antojaba milagrosa: antes de dormirse, relajó los
músculos como pudo, cerró los ojos, contó desde el 5 hasta el cero y comenzó a visualizar
esa escena de la laguna tranquila con la islita en el centro.
