Después
de esperar en la fila de carros durante varias horas, por fin llegó al control
dispuesto ante la puerta oeste, que daba entrada a la ciudad de Canterbury. El
oficial le indicó el lugar donde tuvo que detener el carro. A derecha e
izquierda, varios soldados mostraban sus ballestas cargadas para disuadir a
cualquier posible alborotador. El dialogo fue breve. Después los controladores le
hicieron retirar las pieles que cubrían los tres barriles de cerveza. No
tuvieron ninguna duda de que se trataba de un inofensivo mercader, que acudía
al evento para vender el apetitoso líquido fermentado. Una vez dentro de la
ciudad buscó un lugar donde dejar el carro y dar de beber y comer a los bueyes.
Más tarde, cuando ya casi había oscurecido, encontró un sitio por fin en una de
las posadas para comer, beber y pasar los tres días siguientes. No fue fácil: toda
la ciudad estaba repleta de forasteros que acudían a los fastos de la
coronación del arzobispo de Canterbury, como jefe de la iglesia anglicana.
Esa
misma noche, evitando las patrullas que hacían cumplir el toque de queda, se
deslizó hasta la parte baja de la ciudad, donde se asentaban muchos gremios.
Atravesó varios callejones cuyo silencio nocturno se rompía a su paso con
ladridos, balidos y hasta cacareos. Hasta que llegó frente a la puerta que
buscaba. Entró no sin mirar a su alrededor antes. Minutos después estaba ante
uno de los mejores herreros de la ciudad.
Tal
como le había encargado unos meses antes, el artesano le mostró, orgulloso, las
dos enormes flechas. Dos piezas únicas de más de un metro de largo; su cuerpo
de madera de roble de una pieza, perfectamente pulida; su punta de hierro
fundido afiladísima y con el peso exacto; y la parte posterior de tripas de
jabalí endurecidas y secadas para darle una aerodinámica nunca antes vista.
Después de comprobar la calidad del trabajo, realizó el segundo pago (El
primero ya lo había hecho en el momento del encargo, dos meses antes). Se
comprometió a darle el tercero y último dos días después, cuando se lo entregara
en el lugar convenido: el campanario abandonado de la antigua catedral, que se había
salvado del incendio. Esa misma noche, ya casi al alba, tuvo una experiencia
similar con un maestro carpintero llegado del sur de los Alpes, que tenía su
taller dos calles más abajo. Éste le había fabricado tres piezas de precisión,
que una vez ensambladas, formaban una ballesta enorme.
Justo
el día antes de la ceremonia, que certificaría el cisma entre la nueva iglesia
anglicana y la de Roma, estando el sol en el momento central del día, nuestro
hombre subió a lo alto del campanario antes indicado. Allí le esperaba el
virtuoso artesano de acento italiano. Le hizo una última demostración del
funcionamiento de la ballesta ya montada. La dejó perfectamente anclada a las
paredes de piedra y, cuando se volvió para pedir la bolsa con las piezas de oro
del tercer y último pago, se encontró el puñal de su cliente hundiéndose en el
pecho y saliendo rápidamente para cortar parte de su cuello. Se desplomó
mientras nuestro hombre se colocaba tras él para no quedar muy manchado de sangre.
Metió
el cuerpo en uno de los sacos que había allí tirados, lo enterró bajo la
montaña de paja que se amontonaba junto a las paredes, y se dispuso a calibrar
el original aparato recién instalado. Lo puso apuntando a una de las troneras:
La que daba a la plaza frente a la impresionante catedral nueva.
Dos
horas después sucedió una escena muy similar, teniendo como protagonista al
maestro herrero que trajo las dos enormes flechas. Corrió la misma suerte que
el carpintero, aunque tuvo tiempo para comprender el objeto de su encargo. Su
cadáver acompañó en otro saco al del colega artesano de la madera.
Por
fin llegó el gran día. Todo estaba preparado para la solemne ceremonia.
Pendones y banderines adornaban los rincones y los muros de la plaza. Los
tambores llevaban ya tiempo retumbando y cada cierto tiempo repicaban las
campanas. La gente se iba amontonando en la parte baja de la gran escalinata de
acceso a la puerta principal de la Catedral. Dentro, el futuro arzobispo
esperaba la llegada del rey Enrique VIII con su corte.
Nuestro
hombre consiguió llegar al torreón del antiguo campanario. Disfrazado de monje,
con la capucha puesta, atravesó las diferentes barreras de soldados que
impedían el paso a todo aquel que portara cualquier tipo de arma. Lenta y
concienzudamente colocó uno de los dos proyectiles en el canal de madera de la
ballesta y ajustó la mirilla apuntando hacia el pórtico de la entrada de la
Catedral.
Estaba
forzando la cuerda con la manivela para tensar la verga del arco, cuando
sonaron los clarines y trompetas que anunciaban la llegada del monarca y el
arzobispo salió para recibirle.
Nuestro
hombre, vio el cuerpo cubierto por el ostentoso atuendo arzobispal en el
círculo de la mirilla, apuntó al gran crucifijo de oro que colgaba de su pecho y
accionó la llave que disparó la enorme flecha. Esta sobrevoló la plaza para
chocar con el cuerpo del futuro jefe de la iglesia anglicana, que prácticamente
se partió en dos ante el estupor de todos, incluido el mismísimo rey que
entraba en la plaza, orgulloso montado en su caballo.
El
revuelo fue colosal: gritos y órdenes a los soldados, cascos de caballos y
relinchos, gente corriendo de un sitio para otro…Tardaron en identificar la
tronera de donde partió la enorme flecha.
Para
entonces, nuestro hombre, tal como había dispuesto, ya se había descolgado por
una de las ventanas que daban a la parte opuesta. Logró escapar y volvió a su
habitación en la posada para hacer su escaso equipaje y retomar su carro de
bueyes cargado con los tres barriles de cerveza.
Pero
antes mandó un mensaje atado a una pata de la paloma amaestrada que tenía en su
pequeña jaula. En el mensaje simplemente escribió: “Santidad, misión cumplida.
En un mes estaré en Roma para recibir la parte restante de mis honorarios”.
Firmado “Chacal”

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