Recientemente he tenido que acompañar a mi anciana madre a
varias consultas médicas, de varias especialidades, en la sanidad pública
española. Me he pasado media vida trabajando muy cerca de las tecnologías de la
información, y he vivido día a día, profesionalmente, su evolución casi desde
su prehistoria, pero a veces no somos conscientes de tantas cosas que nos
rodean, como en este caso la aplicación de unas simples bases de datos, su
indexación para buscarlos, y la forma de ponerla a disposición de profesionales
especializados en otras ramas de la ciencia, que lo usan como potente
herramienta que mejora dramáticamente su trabajo diario.
Mi madre tuvo una insuficiencia renal, y la acompañé al
nefrólogo. Hasta aquí todo como siempre, una consulta de un especialista, que
te escucha, y te prescribe análisis y pruebas para, después de tener los
resultados, llegar a un diagnóstico y aplicar los tratamientos idóneos.
Y aquí es donde empecé a darme cuenta del cambio. ¡El nefrólogo
disponía del historial clínico de mi madre! Es decir pudo ver los diferentes análisis
de sangre desde hacía más de diez años, y pudo constatar el momento justo en que
una de las variables (la creatina) se disparó, y pudo establecer con gran
exactitud las causas de la insuficiencia renal. También disponía de las
medicinas que estaba tomando. Además pudo ver el resultado de una resonancia
magnética que estaba digitalizada en el historial, supo que la paciente también
padecía de otras patologías, etc., etc...
Hace, probablemente
menos de 2 décadas, esto habría sido imposible, y mi madre habría terminado
necesitando diálisis.
Cuento esto porque escuchando al doctor, imaginé la base de
datos centralizada, con acceso desde cualquier ambulatorio o clínica, con su
red local de conexión de los ordenadores personales y las impresoras, los kilómetros
de fibra óptica, los equipos intermedios de electrónica de comunicaciones y
otros aparatos de diagnóstico también conectados a la red. También imaginé los
silos de almacenamiento de datos multimedia, guardando imágenes escaneadas y
digitalizadas. Y las medidas de seguridad que garantizan que esos datos de carácter
personal sólo son accesibles para el personal sanitario, no sólo los doctores,
también los enfermeros que realizan los análisis de sangre o de orina, que
introducen los resultados para que estén siempre a disposición de quien lo
necesite. Incluso, por deformación profesional, tuve un recuerdo para aquellos
otros profesionales e la informática que día a día escriben líneas de código y
crean los programas que interactúan con las personas.
No puedo por menos que pensar en cuántas personas se
benefician, sin ser conscientes, de estos elementos de ayuda para los
profesionales de la salud.
Sin embargo, estando en la sala de espera, observé cómo algunas
personas que estaban allí, se maravillaban al ver cómo introduciendo su tarjeta
sanitaria en la ranura de un aparato parecido a un cajero de banco, éste expendía
una papeleta con la sala y el número de orden por el que serán llamados cuando
llegue su turno. Y esto aparecía en un monitor situado visible sobre la pared.
Que también es para maravillarse ojo, pero me vino a la
mente esa comparación en la que uno mirando al mar, se asombra viendo las olas,
o la lejanía del horizonte, o aquel barco que parece pequeño allá a lo lejos
pero que debe ser enorme. Y sin embargo pocos imaginamos lo que hay bajo esas
aguas; montañas y valles, cráteres, todo tipo de criaturas algunas gigantescas,
plantas corrientes….
Algo así es en lo que se está convirtiendo el mundo digital
sanitario.
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