El Brexit ha supuesto un golpe de realidad para la supervivencia
de la UE, que hasta entonces se ha venido sintiendo salvaguardada en un
concepto meramente económico, según el cual nadie quiere salir de un club de
ricos en el que aumenta constantemente la posibilidad de mejorar su nivel de
vida.
Este es el argumento final que Bruselas ha esgrimido para
suplir su falta de autoridad institucional (y su esclerosis en la toma de
decisiones), y poder imponerse a los miembros “díscolos” que, de un modo u otro,
han venido poniendo palos en las ruedas del mecanismo de toma de decisiones
europea (El principal el Reino Unido). Así, el “si no te gusta ahí tienes la
puerta” ha funcionado y ha hecho que países como Grecia, España o incluso Italia
se hayan plegado a las imposiciones de reducciones drásticas y dolorosas como
por ejemplo la reducción de sus déficits públicos.
Sin embargo, como es natural, este argumento no vale si se
le dice a un país que, sin ser ni el primero ni el segundo, tiene una renta por encima de la media de la
UE. Y se produce el Brexit.
En realidad, en mi opinión, el Brexit no es un “Pues me voy
porque no me gusta este juego”, ya que el Reino Unido nunca ha estado
completamente dentro. Me explico: Además de lo evidente de que no quisieron formar
parte de la moneda única, siempre han
mostrado reticencias al avance hacia una unión política, ni siquiera aceptaron una
unión normativa. Se han limitado a hacer pequeñas concesiones para minimizar lo
que los ingleses consideran una desgracia que no es ni más ni menos que la creciente
fortaleza de sus vecinos y adversarios históricos, especialmente Francia y
Alemania. Esto ha desembocado, una vez más, en un “enrocamiento” en sus islas,
como muchas otras veces en la historia.
De hecho, el todavía vigente eje franco-alemán se había convertido
en el mayor y casi único referente del camino de avance de la UE.
De modo que después de la estupefacción que le ha producido a
la UE (Y a gran parte del RU), lo que no pueden consentir, es que otros hagan
lo mismo, algunos recién llegados como Polonia o Hungría, que se han negado a
aceptar las decisiones en materia de inmigración y refugiados.
Rápidamente, Berlín y Paris tomaron una decisión
transcendente: “Hay que crear un núcleo duro de grandes países que formen la
columna vertebral de Europa, y desde ese núcleo duro ejercer de nuevo esa
autoridad que da el dinero y poder volver a decir a los demás eso de “Esto es
así, y si no te gusta tienes la puerta abierta”.
El hecho histórico es que Alemania y Francia, decidieron que
ese primer núcleo duro va a estar compuesto por cuatro países: ellos dos, por
supuesto, a los que han añadido a Italia y a España. No creo que Alemania,
Francia, Italia y España vayan a conformar un grupo separado del resto de sus
socios. Pero sí muestra una voluntad de liderazgo desde la Europa occidental hacia
el resto de los socios, un fortalecimiento del eje franco-alemán: La Europa de
los cuatro.
Es la primea vez que España es invitada un “Petit comité” previo
a la cumbre oficial de Jefes de Estado de la UE en Malta el pasado 3 de
febrero. Habida cuenta de que en estos “petit comités” es donde se toman las
verdaderas decisiones que después se someten al resto de los socios, pero ya de
un modo más imperativo.
Esto es un espaldarazo para un país que, como España tiene
muy interiorizado el sentimiento de marginalidad, respecto a Europa, desde el
final de la Gran Guerra, y que todavía no ha superado íntegramente. Puede
reconducir los sentimientos europeístas españoles, que después de la crisis y
las imposiciones de Bruselas habían diezmado.
Por otra parte, el resultado de los comicios en Francia, ha
puesto en la presidencia de ese país a un convencido europeísta. El país galo
ha dicho no a las ideas populistas anti europeas de la señora Le Pen.
Quedan por despejar dos incertidumbres no muy grandes. La
primera se refiere a las elecciones alemanas, que parece abocarse a una
renovación de la señora Merkel, que se ha ido volviendo cada vez más europeísta.
Y acaba de decir una frase histórica a mi modo de ver: "Los tiempos en que podíamos depender
completamente de los demás están, hasta cierto punto, superados" Esa
primera persona del plural que usa, ese “nosotros”, por primea vez se está
refiriendo a esa Europa capitaneada por los cuatro.
Finalmente, Italia, el tercer país más grande de la UE,
tiene pendiente todavía la superación de varios retos (por ejemplo el
saneamiento de su banca) y su modernización política y social, pero no tiene
grandes tensiones euroescépticas.
Pero hay nubarrones: Las grandes prioridades que han definido
los cuatro: (seguridad interior y exterior, economía y cohesión social), son todavía
muy vagas. La salida de UK deja varios huecos, pero el principal es el de la
seguridad. Ahora la potencia militar europea es Francia, la única con capacidad
nuclear. Lo que no quiero ni pensar es que Alemania se rearme con la excusa de no poder confiar en EEUU para protegernos.
Los ministros de Asuntos Exteriores de los cuatro países sí
han propuesto una integración más profunda, especialmente mediante la
elaboración de un Pacto Europeo de Seguridad y de una política de asilo y de
inmigración común. Pero por muy ambiciosas que sean, sus propuestas no han sido
adoptadas posteriormente por los jefes de Estado y de gobierno.
No hay que olvidar que la cooperación entre Francia y
Alemania nunca ha sido fácil, y menos aún armoniosa. En general, se ha visto
complicada por el hecho de que las culturas política y económica de los dos
países son diferentes. Francia con un funcionariado y un sector público
enormes, que configuran un estado muy centralizado, mientras que Alemania basada
en el sector privado y su carácter federal que le confiere una gran descentralización
estatal. Curiosamente, España es más parecida a Alemania con el estado de las autonomías
y la pequeña presencia de empresas públicas en su economía, mientras que
Italia, salvando otras diferencias culturales, es más cercana al modelo
francés.
No hay comentarios:
Publicar un comentario