Yo nací en 1954. En aquel tiempo, mientras España era un
país aislado del resto de Europa que trataba de salir de las apreturas
económicas de la posguerra, el Reino Unido todavía festejaba la victoria en la
“Gran Guerra”. Era uno de los vencedores, y como tal, administraba un amplio
sector del territorio alemán, en el que tenía desplegada una fuerza
militar. El reino disfrutaba de las
ventajas del Plan Marshall, y se recuperaba económicamente.
La influencia del
idioma inglés era incuestionable en casi todos los ámbitos culturales,
políticos y científicos del mundo. Se consideraban, y era cierto, los
inventores de la revolución industrial, y los creadores de la economía de
mercado.
Sin embargo, cuando yo iba al colegio, nos hablaban de la
grandeza del antiguo imperio español, donde no se ponía el sol. Y por todas
partes estaban el yugo y las flechas de Isabel y Fernando, y a todos nos
contaban lo orgullosos que debíamos estar de pertenecer a ese imperio.
Recuerdo, siendo muy niño, que mis padres me llevaron a la
Gran Vía, para ver al general Eisenhower, que en un coche descapotado se
paseaba con Franco, bajo un montón de papelitos que tiraban desde las ventanas.
Era el principio del fin de nuestro aislamiento, gracias a los Estados Unidos.
Visto desde la perspectiva que me da el tiempo y la experiencia, tengo que decir
que, al pertenecer a una familia de “derechas”, como muchos niños, jóvenes y
adolescentes, me creía todas esas cosas y me sentía “orgulloso de ser español”,
pero tenía bien claro que el imperio español ya no existía.
Poco a poco me fui dando cuenta de que existían deportes
como el tenis, y mucho después, el golf. Todo bajo reglas e incluso palabras en
inglés, que no se traducían al español porque eran más elegantes en inglés,
como por ejemplo “set ball”, match ball, birdie, etc…). Lo que estaba de moda
era la música en inglés, mucha gente presumía de conocer Londres, y se
fotografiaban en una cabina de teléfonos roja. Por supuesto ya no hablo de los
Rolls Royce, o del Concorde, y mucho menos de James Bond.
Mientras que aquí, en España, yo veía una serie de TV
llamada “El Santo”, un inglés ladrón de guante blanco, que vivía como un rey en
la Costa Azul, con Roger Moore. En ella, cuando alguna vez la acción se
desarrollaba en España, nos representaban como pastores y gente que estábamos
siempre cantando, bebiendo y toreando.
Digo todo esto, para que se me entienda si afirmo que el
británico medio de mi edad, nació y creció en un lugar que reunía todas las
condiciones para sentirse lo que ahora se llama “El ombligo del mundo”.
Reforzado con las batallitas que les contasen sus padres y abuelos, que podían
hablar del tiempo en que eran los dueños de la India, o de Egipto, Australia,
etc… y tenían las flotas, tanto comercial como de guerra, más poderosas del mundo. Su entonces joven
reina mantenía todo el orgullo en sus formas de “pompa y circunstancia” en sus
apariciones públicas, simbolizadas en las flamantes guerreras rojas de los
soldados del regimiento de la guardia real. Pero en realidad era la Reina
Isabel, no la Reina Victoria.
Aquellos coetáneos míos, poco a poco se han ido dando de
bruces con la decadencia que, lenta pero irremisiblemente, continuaba su avance
por la segunda mitad del siglo XX y se sigue acentuando en los principios del
XXI. Su industria quedó prácticamente desmantelada con los sucesivos mandatos
de Margaret Thatcher, que presumió de doblegar a los poderosos sindicatos de
los estibadores en un país, que al ser insular, depende dramáticamente de las mercancías
que entran y salen de sus puertos.
Año tras año, se fueron desmantelando sus fábricas de
coches, sus astilleros, su industria pesada, su industria química… Ya no
llegaban remesas de riqueza de sus colonias, más bien al contrario; aquellas compañías
que tanta riqueza habían repatriado, estaban siendo nacionalizadas por las
colonias que se independizaban.
Con los británicos que regresaban de las colonias buscando
trabajo, se mezclaron los nativos de ellas, que tenían el derecho a la
ciudadanía británica. Sus barcos que quedaron viejos, y la competencia asiática,
que como al resto de Europa, les hizo no ser competitivos.
Hoy su producción industrial es menor que la de Alemania,
Francia e Italia, y seguida de cerca por España. (Hablo de producción
industrial, no de producto Interior Bruto). Tal como digo en artículos
anteriores “Hoy, todavía, su estructura económica se debate entre el norte
industrial, obsoleto, con sus insignias (como por ejemplo Rolls&Royce),
vendidas a otros países o desmantelándose, y el sur dedicado a los servicios,
principalmente financieros. Más exactamente, se debate entre Londres (La City) y
el resto.”
Sin embargo, a pesar de la decadencia del imperio, Londres,
que fue el primer paraíso fiscal de la historia contemporánea se ha convertido
en un gran centro financiero especializado en inversiones globales. Uno de los
mayores centros financieros mundiales, concretamente el segundo, solo superado
por Nueva York.
Además, su no pertenencia al euro, les ha permitido
adelantarse en la salida de la crisis global de principio de este siglo,
devaluando la libra y adoptando la política monetaria que exactamente necesitaban.
Cosa que muchos países del euro no pudieron hacer, sino adaptarse a las
exigencias alemanas. De este modo, países como España solo pudieron devaluar
los salarios y las condiciones de los trabajadores, (la devaluación más injusta
y desigual). Por eso, justo antes del famoso referéndum, el Reino Unido se
destacó con su mejora económica, del resto de sus entonces socios en la UE.
Pero en realidad, es que en su mayor parte, esa fase boyante
de la economía británica, se debe a su pertenencia a UE. Por ejemplo, la llegada de
inmigrantes comunitarios a las islas ha supuesto un gran dinamismo para la economía
británica, incrementando el consumo interno, y el valor de sus construcciones muy
por encima de lo que se habría incrementado si no se hubiera producido este
hecho. El comercio ente UK y el resto de la UE, para UE representa un poco
menos de su 2%, mientras que para la UK es más de su 10%.
Las clases dirigentes de Londres se encargaron de convencer
a los ciudadanos británicos de que la culpa de todos sus males es de la Unión
Europea. Falso pero convincente. Estoy hablando de aquellos de mi edad o mayores,
aquellos de menor formación cultural, aquellos que no tuvieron que aprender
otro idioma porque el suyo materno era el que todo el mundo quería hablar,
aquellos descendientes de los que forjaron un imperio económico, militar y
cultural.
Es normal que lo creyeran, es normal que se dejaran
convencer de que, perteneciendo a la UE, terminarán perdiendo su identidad
cultural, su exquisita educación cívica, su sistema pesos y medidas, su conducción
por la izquierda, y muchas cosas más.
Ese día del referéndum, alguien consiguió que los británicos
se sintieran “sires o lores por un día”, y sólo pensaron en lo terrible que sería
perder todas esas, ciertas y verdaderas cualidades, sin pensar en un pequeño
detalle: El dinero.
Increíblemente, para los europeos votaron “SI” a la salida
de la UE, votaron “SI” al Brexit.
Ahora solo les falta asumirlo y pagar el
precio de tamaña extravagancia.
1 comentario:
No sabía que te hubiesen llevado a la Gran Vía a ver a IKE en 1959. Yo ya estaba en camino y me faltaba poco para llegar a este mundo. Sobre Reino Unido, te diré que allá ellos. Por una parte si Gibraltar queda más cerca para nosotros y llegan esos puestos de trabajo a Madrid como heredero financiero de la city, pues bienvenido sea el "brexit".
Te lo dice alguien 6 años más joven que tú, alguien que a sus 19 años, allá por 1979, salía de España por primera vez, aquella España aún palurda y descubrió la democracia británica in situ, pues la democracia de la música y el rock la había descubierto antes. Y eso que vivía -como tú- en el flamante barrio de Malasaña, cuna por aquél entonces de la célebre "movida".
Publicar un comentario