En primer lugar, en España y en Europa, por fin se ha tirado
a la basura aquel principio de que las economías más desarrolladas son aquellas
basadas en el sector servicios, dejando la industria para los países en “vías de
desarrollo”, ya que contamina, y requiere más trabajadores con mono, mientras
que los servicios son más limpios ecológicamente hablando, y sus trabajadores
son “de cuello blanco”.
El gobierno de España, en un informe de julio de 2014 reconoce
a la industria como elemento estratégico de su estructura económica. Pero ha
tardado un año, (un precioso año) en lanzar el proyecto “Industria 4.0 para
España”, con el objetivo de definir la “estrategia para la transformación de la
industria española a través de la digitalización”. Sin embargo aduce que su
desarrollo requiere una legislatura completa, por lo que considera positivo aprovechar
los últimos meses de la actual para avanzar en su diseño y que el próximo
Gobierno lo encuentre en marcha. O sea lo mismo que han hecho con los
presupuestos generales del estado para 2016.
Pero bueno, si por fin este país se lanza a la
digitalización, bienvenido sea. La experiencia nos dice que si en España entra
algo con entusiasmo, podemos ser de los mejores del mundo en ello.
La industria española, que llegó a representar hasta el 40%
de su PIB en los años 80, hoy es tan solo el 16,1% del Producto Interior Bruto
(PIB). La Comisión Europea ha cifrado como objetivo de la industria europea
llegar al 20% en el 2020.
Pero no se trata de crear cualquier industria, se trata de
entrar en la industria 4.0, la industria dominada por la digitalización, sólo así
no nos quedaremos atrás en la feroz batalla por la competitividad que se libra
en el mundo de la industria avanzada, de la industria del futuro. Pero, de
momento somos el país número 19 de Europa en el ranquin de países innovadores.
Ya dentro de nuestro sector industrial, nos caracterizamos
por no tener término medio, es decir: tenemos grandes compañías, punteras en el
mundo, y tenemos muchísimas pequeñas y medianas empresas, muchas de ellas sin
capacidad para competir en otros mercados.
Una vez más, nuestros socios cercanos, el resto de los países
europeos, (con algunas excepciones como Alemania y Suecia) arrastran un retraso con respecto a nuestros
competidores norteamericanos o asiáticos. Leo textualmente: "Sólo un 1,7%
de las empresas europeas se puede decir que se hayan digitalizado completamente
y un 41% ni siquiera ha empezado el proceso. Las compañías tienen que decidir
dónde quieren estar y qué quieren hacer. Hay un cierto despiste en las empresas
ya que venimos de cinco años de recesión. Ahora la tecnología está en la calle
y no es la empresa la que tira de ella".
Las lecciones de la crisis
España, a finales del 2015 se encuentra en pleno proceso de
recuperación. Afortunadamente llevamos creciendo nueve trimestres consecutivos,
o sea dos años y tres meses. Todo ese tiempo recuperándonos de los daños
ocasionados por la crisis. Sin embargo, a pesar de todo, en este tiempo sólo hemos
recuperado 4,8 puntos de PIB de los 9,4 que perdimos. Casi hemos digerido el
atracón de ladrillos que nos dimos, aunque todavía quedan millones de pisos
vacios.
Con la velocidad de crucero a la que parece probable que
sigamos creciendo, no será hasta finales del 2018, casi cuando yo me jubile, cuando
recuperemos los niveles de renta relativos con la zona euro.
Pero la economía española resultante no será (no debe serlo)
similar a aquella de principios de siglo. En la nueva España debe consolidarse
el sector industrial, pero el de la industria digitalizada. Las pymes deben ser
menores en número y mayores en tamaño. Y con un porcentaje creciente de su
internacionalización, colocando cada vez mas parte de su producción en los
mercados exteriores.
Afortunadamente somos un país en que, por unas cosas o por
otras, hemos estado dotándonos de infraestructuras (aunque algunas todavía no
sean útiles), pero disponemos de una red de comunicaciones de fibra óptica de
las mejores del Europa. Disponemos de unos técnicos ampliamente acreditados,
muchos de los cuales además han tenido ocasión de aprender en exterior a calor
de los proyectos ganados por nuestras empresas en otros países.
Una amplia red de transporte, tanto ferroviaria, como marítimo,
aéreo o por carretera, permite llevar tanto los productos como las
materias primas de los lugares de producción a los de venta.
Finalmente, hay que reconocer que el grado de modernización
de nuestra administración está empezando a recoger sus frutos. La administración
digital avanza, la educación y la sanidad cuentan cada vez con más medios
informatizados.
En general, este país mantiene la “cultura del cambio”,
cambio que experimentaron nuestros padres, nosotros y nuestros hijos. Los que
vivieron la posguerra, la emigración, el desarrollismo, la democracia, la
inclusión en Europa, el abandono de la peseta, el divorcio, la inmigración y
ahora otra vez la emigración de nuestros hijos..
Esta cultura del cambio nos hace más fuertes para
evolucionar, para competir con los mercados del mundo de igual a igual. Parece
que hemos madurado.
Todos estos factores son nuestras nuevas cartas para abordar
esta nueva revolución digital: “la
cuarta ola”
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